Juan Crisóstomo

Adversus Judaeos

Las congregaciones evangélicas de América Latina probablemente no se caractericen por su devoción y amor por la historia o por el estudio de la historia de la iglesia, y sin embargo hay un periodo, conocido comúnmente como la Iglesia Primitiva, que debe estar entre una de las etapas más invocadas y admiradas por la mayoría de los predicadores y líderes evangélicos. Rodeada por un halo de sacrificio y santidad supremas, inmortalizada por la sangre de los muchos mártires que dejó la estela de las terribles persecuciones imperiales, inspirada por la proximidad histórica a los tiempos de Jesús y los apóstoles, sin duda la Iglesia Primitiva es un referente obligado de todos los movimientos de renovación en la vida de la iglesia cristiana a lo largo de los siglos. Lo fue de hecho durante la Reforma, cuando el naciente protestantismo invocaba la pureza prístina de la iglesia primitiva como su modelo para un cristianismo más bíblico, más evangélico. Pero como todas las cosas en la vida, debemos atemperar esa imagen idealizada con otros aspectos bastante menos agradables que delinean el carácter imperfecto de toda empresa humana.

La iglesia primitiva, el periodo que cubre aproximadamente los tres primeros siglos de la era cristiana, fue una época de luces y sombras; luces muy brillantes y sombras muy, muy oscuras. Como movimiento de renovación espiritual, la iglesia primitiva fue un motor de cambios profundos en la sociedad romana de su tiempo, pero debió convivir con una serie de fuerzas antagónicas que ya operaban en el mercado religioso del mediterráneo incluso antes de la aparición del cristianismo. La acumulación de una serie de contradicciones a lo largo de más de trescientos años, en medio de condiciones ambientales extremadamente adversas, dejaron un legado de muchos logros notables, pero también una serie de cuestiones de difícil resolución. Entre estos últimos problemas, uno particularmente formidable fue el de la relación entre cristianos y judíos, entre la iglesia y la sinagoga. En última instancia, este asunto retrotraía a una pregunta fundamental: ¿qué es la iglesia? Para un sector cada vez más creciente dentro de la iglesia primitiva, la respuesta debía escribirse por vía de contraste con el viejo judaísmo.

El antisemitismo era un cuento ya en marcha para cuando el apóstol Pablo inició sus viajes misioneros por el mediterráneo oriental. Un sentimiento anti judío ya se había instalado en diversas poblaciones del imperio romano, y todo hace pensar que la iglesia absorbió esa bronca antisemita cuando grandes multitudes pasaron del paganismo al cristianismo – muchas de ellas con una conversión y catequesis probablemente dudosa. Lo cierto es que varios de los líderes cristianos incorporaron en sus exégesis del Nuevo Testamento una lectura desfavorable, cuando no abiertamente hostil contra la religión judía, culpando a los judíos de ser los “asesinos del Hijo de Dios”, el pueblo deicida. Probablemente el hecho de que el judaísmo aún mantuviera un proselitismo activo, aunque a una escala que suponemos inmensamente inferior a la de la iglesia cristiana, pueda haber contribuido a alimentar un sentimiento de rechazo hacia los judíos, vistos ahora por sus contrapartes cristianos como peligrosos competidores religiosos. Lo cierto es que para el año 300 había varias cabezas calientes que le estaban dando vueltas al “problema judío”: cómo mantener aparte a los judíos e impedir que pudieran “contaminar” a la población cristiana con sus supersticiones.

Un ejemplo esclarecedor de las contradicciones y del grado dramático de antisemitismo que se alcanzó en la iglesia primitiva lo podemos hallar en un personaje destacado del período de transición que va desde aquella etapa inicial hacia los siglos medievales. Juan Crisóstomo (hacia 349 – 407 d. C.) es considerado hoy en día un Doctor de la Iglesia y uno de los pilares de la cristiandad, o al menos así lo ve el clero ortodoxo y también la curia romana. Para los ortodoxos y las iglesias católicas orientales Juan Crisóstomo es uno de los tres grandes santos, junto con Basilio el Grande y Gregorio Nacianceno. Sus contemporáneos le adjudicaron el seudónimo por el que es universalmente conocido, Crisóstomo, que en griego significa “Boca de Oro”, debido a sus extraordinarias cualidades oratorias. Habiendo sido educado por el filósofo Libanio, pasó sus primeros años de vida cristiana como anacoreta y monje, viviendo en una vida de soledad y privaciones, muy del gusto del monaquismo oriental. Posteriormente regresó a la vida urbana y hacia el año 386 ya estaba ordenado como presbítero o pastor de la iglesia de Antioquía, lugar donde cimentó su nombre como un predicador de extraordinaria elocuencia y donde desarrolló una serie de estudios o sermones en donde expuso a su congregación sus enseñanzas relativas a distintos pasajes de las escrituras, aparentemente en un lenguaje sencillo para la comprensión de su feligresía. Tal fue el renombre que logró en su ciudad, en la región y luego en todo el Imperio, que en el 398 fue nominado Patriarca de Constantinopla, uno de los puestos más altos de la jerarquía eclesiástica de aquellos tiempos dada su proximidad con la corte imperial. Si la seducción de sus palabras le ganó la popularidad entre la población, tal parece que su brutal franqueza frente a los lujos de la aristocracia le granjeó el rechazo de la clase gobernante en Constantinopla, pues terminó sus días en el exilio.

Sus sermones sobre diversos pasajes de las escrituras se conservan en su mayoría y entre tales homilías ha llamado la atención una serie de ocho sermones predicados probablemente en el año 387 y que llevan por título Adversus Judaeos, “Contra los Judíos”. Es notable que con este título Juan Crisóstomo diera inicio – seguramente sin imaginarlo – a una literatura tristemente más abundante de lo deseado a lo largo de los siglos siguientes. Como el título señala de entrada, estos sermones van dirigidos directamente contra el pueblo judío y su religión. El motivo de esta diatriba Juan lo expone desde el comienzo:

Los festivales de estos pobres y miserables judíos están prontos a desfilar delante de nosotros, uno tras otro y en sucesión: la fiesta de las Trompetas, la de los Tabernáculos, las celebraciones. Hay muchos de nosotros… que mirarán los festivales y otros se unirán a los judíos para observar estas fiestas. Quiero eliminar esta perversa costumbre de nuestra iglesia ahora mismo… Pero ahora los festivales judíos están cerca y casi a la puerta, si yo fallara en curar a aquellos que sufren la enfermedad judaizante”.

De modo que el motivo inmediato por el cual Juan Crisóstomo dedicará sus energías a atacar a los “miserables judíos” a lo largo de estas ocho homilías, tiene que ver con el hecho de que en la Antioquía del siglo IV parte de la congregación cristiana confraternizaba con los judíos e incluso se sumaba a algunas de sus celebraciones religiosas. Crisóstomo está determinado a acabar con esta “perversa costumbre” y con la “enfermedad judaizante”, para lo cual no hallará adjetivo lo suficientemente duro para arrojar contra los judíos, como lo veremos en nuestro próximo artículo.

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