Albert Einstein

Albert Einstein: ¿religión cósmica o cómica?


De entre el cúmulo de documentos y miles de páginas que versan sobre la vida de Albert Einstein, el más grande científico del siglo XX y para muchos el más grande de la historia, una materia que hasta hoy sigue siendo tema de discusión es el relativo a la relación entre Einstein y la religión. La confusión se alimenta de los adjetivos con que se ha descrito esta relación: ateo, agnóstico, panteísta, creyente, místico; se ha dicho de todo. Así que el tema sigue siendo recurrente, ¿era creyente Einstein?, ¿cuál era su idea de Dios?, ¿cómo se relacionaba con la religión de sus ancestros, el judaísmo?

La complejidad de la relación de Einstein con lo religioso se nutre en parte de la carencia de libros o capítulos específicos de sus escritos en los que se aboque a tratar de estos asuntos. Los investigadores han tenido que vérselas con apuntes, notas y frases dispersas a lo largo de su vida y en contextos muy diversos, lo que seguramente contribuye a que resulte difícil armar el cuadro del Einstein religioso o irreligioso. Einstein tampoco lo hizo mal para aumentar el enredo al despachar por aquí y por allá afirmaciones variadas en las que a veces se refería a Dios o usaba un lenguaje religioso.

El pequeño Albert nació y se educó en un hogar de judíos alemanes. Sus padres no eran judíos practicantes y por ello no tuvieron problemas en que asistiera a las clases de religión católica en su escuela primaria, pero en algún momento decidieron contratar a un tutor para que le enseñara los rudimentos del judaísmo. De esta época temprana emerge la imagen de un niño curioso y muy creyente, que aprendió ávidamente las historias de la Biblia y las prácticas judías tradicionales. Sin embargo, a medida que otras lecturas – de divulgación científica – ocuparon su mente, su primera devoción religiosa cedió paso al escepticismo que lo llevó pronto a cuestionar la veracidad de los relatos bíblicos, a tal punto que al parecer a los doce años abandonó toda fe en lo sobrenatural, abriendo paso a un joven mucho más predispuesto hacia el materialismo y el racionalismo.

En algún instante de su etapa más madura, Einstein parece haberle dado una segunda vuelta al tema religioso. En parte porque la popularización de sus teorías había puesto su nombre en el campo de interés de la gente común, en parte quizás por la chocante situación que se vivía en Alemania, desde los años treinta se pueden escuchar más referencias a lo religioso en su discurso público. Einstein apuntó entonces su identificación con la idea de Dios de Spinoza, otro judío, pero que había vivido en la Holanda del siglo XVII. El famoso filósofo Spinoza, considerado una figura central del panteísmo filosófico, había enseñado que Dios podía ser igualado al universo, el cosmos material era Dios, de modo tal que el estudio del universo era en cierto sentido un estudio de Dios. Spinoza no creía en un dios trascendente, al estilo del Dios judeo – cristiano, sino en una divinidad inmanente en el mundo natural. Precisamente una visión con la que Einstein manifestó sentirse en comunión. Si algo puede afirmarse con seguridad de las ideas religiosas de Einstein, es su rechazo a la idea de un dios personal, como él mismo lo expresaba en 1954 en Ideas and Opinions:

«La fuente principal de conflictos entre las esferas científica y religiosa en el presente reside en ese concepto de un Dios personal… Cuanto más imbuido está el ser humano de la ordenada regularidad que rige todos los acontecimientos, tanto más firme se vuelve su convicción de que no hay en ella espacio para la intervención de causas de otra naturaleza. Es cierto que la doctrina de un Dios personal capaz de interferir en esos sucesos naturales nunca podrá ser refutada, en el sentido real de la palabra, por la ciencia, pues esa doctrina siempre podrá retirarse a buscar refugio en los dominios a donde el conocimiento científico no ha llegado aún a plantar su pie… En su lucha en beneficio de la ética, los profesores de religión deberían ser capaces de renunciar a la doctrina de un Dios personal, es decir, deberían dejar de lado esa fuente de miedos y esperanzas…«

En estas notables palabras, Einstein nos revela claramente su rechazo categórico a la idea judeo cristiana de un Dios personal, al estilo del que familiarmente se nos revela en las escrituras. Este rechazo se alimenta en parte, al tenor de sus propias palabras, de su comprensión del principio de causalidad y, por consiguiente, del imperio de leyes naturales absolutas que no pueden ser violadas ni siquiera por la divinidad, lo que supone la imposibilidad de la ocurrencia de milagros como los que se nos relatan en la Biblia.

Un elemento adicional que se puede destacar en el análisis de Einstein es su división de las religiones en dos clases muy diferentes: las religiones del miedo y las religiones morales. Para Einstein las primeras representan un estado más bien básico y primitivo de las prácticas religiosas, son la mayoría de las religiones, en las cuales un dios o dioses deben ser adorados por el miedo o temor que infunden en su relación con los humanos. Las religiones morales, por el contrario, representan una etapa de madurez, son las religiones monoteístas, como el judaísmo o el cristianismo, o sistemas ético – religiosos como el budismo. Pero tanto las religiones del miedo como las religiones morales comparten en general un defecto clave: el antropomorfismo. La idea de un Dios antropomórfico, que interviene en las vidas humanas y que se relaciona con los hombres en términos de premios y castigos por las acciones de estos últimos en la tierra, de modo que esto genera consecuencias en el más allá, es una idea repulsiva para Einstein. Nuestro sabio lo expresa claramente en el texto antes citado:

«Quien está plenamente convencido del alcance universal de la ley de la causalidad no puede admitir ni por un momento la idea de que algún ser pueda interferir en el curso de los acontecimientos – con tal que, naturalmente, se tome realmente en serio la hipótesis de la causalidad. Para él, la religión del miedo no tiene ningún sentido, ni lo tiene tampoco la religión moral o social. Le resulta inconcebible la idea de un Dios que premie o castigue, porque las acciones humanas están sencillamente determinadas por la necesidad, externa e interna, de modo que el ser humano no puede ser a los ojos de Dios más responsable de lo que puede serlo un objeto inanimado de los movimientos a los que está sujeto. Se ha acusado, por tanto, a la ciencia de socavar la moralidad, pero esa acusación es injusta. El comportamiento ético del hombre debería efectivamente estar basado en criterios de compasión, educación y lazos y necesidades sociales; no se precisa para nada de una base religiosa. Mal andaría la humanidad si su único freno fuese el miedo al castigo o la espera de recompensa en la otra vida

En oposición por igual a la religión del miedo o a la religión moral, Einstein propone su propia opción: el sentimiento cósmico religioso.

«Los genios religiosos de todas las épocas se han distinguido por esta especie de sentimiento religioso que no conoce dogmas ni concibe a Dios a imagen y semejanza humana; y que carece por tanto de iglesia alguna que deba basar en ellos sus principales enseñanzas. Por eso, es precisamente entre los herejes de todos los tiempos entre quienes encontramos a esos hombres impregnados de esta forma suprema de sentimiento religioso, y que en muchos casos fueron considerados por sus contemporáneos como ateos, y también en otros como santos. Mirados a esta luz, hombres como Demócrito, Francisco de Asís y Spinoza son íntimamente afines entre sí.”

Pero a estas alturas uno podrá preguntarse ¿qué es exactamente el sentimiento cósmico religioso? En una de sus cartas Einstein nos da más luz al respecto:

Mi religiosidad consiste en la modesta admiración por el espíritu infinitamente superior que se revela en lo poco que nosotros, con débil y transitorio entendimiento, podemos comprender de la realidad.”

En definitiva, la religión cósmica de Einstein, su sentimiento religioso que alimentaba a su vez su espíritu científico, era en esencia un sentimiento de admiración hacia la estructura y la racionalidad del universo, sostenida a su vez en su creencia de que había una mente o ser superior detrás de ese orden cósmico. Así que al final, Einstein no es un ateo o un agnóstico, sino un creyente, un hombre religioso, al menos en los términos en los que él entiende la religión: un sentimiento de admiración y sobrecogimiento al descubrir que el universo es cognoscible. Por cierto, el cristianismo convencional no calificaba dentro de este concepto einsteniano de religión. Esta situación explica a su vez las bromas que a mediados del siglo pasado algunos deslizaron en Estados Unidos contra esta religión cósmica, al decir que estaría mejor descrita si se le sacara una “s”: la religión cómica. Aún cuando estas descalificaciones puedan parecer esperables considerando el trasfondo histórico del teísmo cristiano tradicional, al menos podemos agradecer su idea de que no se puede hacer ciencia sin tener fe, o su corolario de que la fe y la ciencia se necesitan mutuamente, como lo señala él mismo:

Pero la ciencia sólo puede ser creada por quienes están profundamente imbuidos del anhelo de verdad y comprensión. La fuente de estos sentimientos proviene, sin embargo, de la esfera religiosa… No puedo concebir a un auténtico científico que carezca de esa profunda fe. Todo esto puede expresarse con una imagen: la ciencia sin la religión está coja, y la religión, sin la ciencia, ciega.”

Este artículo se publicó originalmente en Teologías y Ciencias en abril de 2010.

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