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Apolo, un ícono pederasta en el Vaticano

Entre los años 1509 y 1511 Rafael Sanzio (1483-1520), uno de los grandes genios de la pintura del Renacimiento, trabajó en Roma, contratado por el Papa Julio II (1503-1513), con el encargo de decorar los palacios pontificios, más específicamente las oficinas donde originalmente funcionaba el tribunal de la Signatura gratiae (Stanza della Signatura). Resulta particularmente interesante conocer qué imágenes y motivos engalanaban las salas donde trabajaban el “Vicario de Cristo” y su séquito. En los cuatro proyectos que se encargaron a Rafael destaca la cultura humanista de la época, plasmada en los cuatro frescos que decoran cada una de las paredes de la sala: la Disputa, la Escuela de Atenas, el Parnaso y las Virtudes. La Disputa del Sagrado Sacramento se conecta temáticamete con la mitología litúrgica medieval; la Escuela de Atenas es una representación de los filósofos de la antigüedad clásica grecorromana; el Parnaso escenifica el relato de la mitología griega del lugar paradisíaco donde vivían las musas y que conectaba también con el dios Apolo; en tanto que las Virtudes representa las cuatro virtudes cardinales de acuerdo a una vieja adaptación medieval de la teoría aristotélica (las cuatro virtudes son la filosofía, la teología, la poesía y la justicia).

Es igualmente importante, para entender el sentido del conjunto del conjunto de las obras encargadas a Rafael , comprender quién era su mecenas por entonces. El italiano Julio II fue uno de los más conspicuos representantes del estilo de gobernante renacentista, preocpado a la vez de la guerra, la política, el arte y … Dios, por supuesto. Dueño del centro de Italia, Julio II jugó su papel en las guerras italianas de comienzos del siglo XVI que enfrentaron a los ejércitos pontificios en el delicado entramado del tenue equilibrio político – militar que se jugaba en Italia. En medio detantas guerras, alianzas y treguas el bueno de Julio II se hizo un tiempo para emprender grandes proyectos artísticos, sello inconfundible de todo gobernante renacentista que se precie de humanista. El buen Papa iba a marcar su línea renacentista con proyectos artísticos notables, tal como los arriba señalados, pero también iba a dar comienzo a otro que por sus características tomaría mucho más timpo que el reinado de uno o dos Papas: en 1506 Julio II iniciaría la construcción de San Pedro en Roma, una obra pantagruélica y ambiciosa, que le tomaría al Papado más de cien años terminar.

Pero volvamos nuestra atención a la serie de la Stanza, la decoración de las salas pontificias donde dejamos a Rafael de Urbino. No se necesita ser ningún doctor en artes para captar el tono mayormente pagano de las obras encargadas. Es el caso ed las musas, por ejemplo, hijas de Zeus y de Mnemosine, la diosa de la memoria. Las musas residían en el Monte Parnaso, lugar donde compartían vecindad con el dios Apolo. Este dios es llamativo en particular por su historial en la mitología griega. Apolo era uno de los “doce principales”, las doce deidades más importantes del panteón griego, sobre las cuales presidía Zeus. Era un dios extremadamente popular en la antigua Grecia, pese a ser un recién llegado: su culto apareció muy poco antes del 1000 AC. Como fuere, el culto de Apolo se extendió rápidamente por toda Grecia, aunque su historia tomó un vuelco inesperado cuando la pederastia hizo su entrada en Grecia hacia el siglo VIII AC. Fiel a su cambiante mutable, la mitología griega se adaptó prontamente a la nueva cultura y así los viejos mitos fueron contados de nuevo, pero ahora en clave pederasta. Así nos enteramos que el dios Apolo se enamora de Jacinto, un hermoso joven espartano, tan guapo y apuesto, que el dios lo corteja para convertirlo en su pareja. Pero la belleza de Jacinto atrae también las miradas de Céfiro, dios del viento occidental y la historia termina mal. Los cambiantes mitos griegos presentan dos versiones sobre la muerte del muchacho: en una, Jacinto muere accidentalmente mientras hace ejercicio con Apolo, según otra, la mano de Céfiro está detrás de la muerte.

Como consigna la historiadora Helen Morales en Classical Mithology, la relación pederasta, homoerótica, entre Apolo y Jacinto ha devenido casi en un emblema, un ícono, del amor homosexual; fue usada, por ejemplo, por el escritor inglés Oscar Wilde, en una carta de 1894 para idealizar su relación con el aristócrata Alfred, Lord Douglas. Pero, dejando un lado a Wilde y su amante de sangre azul, aquí hablamos de pederastia; ¿qué hace un emblema del amor pederasta griego decorando las paredes del palacio del “Vicario de Cristo”? ¿Cómo es que el dios Apolo, divinidad tutelar de las relaciones pederastas presentes en Grecia desde el 600 AC, fue elegido para embellecer y decorar la residencia del Papa? Alguien podría alegar en defensa del Papado que quizás el clero de Roma ignorara los malos antecedentes de Apolo. Pero a esto se puede responder con dos consideraciones bastante básicas. En primer lugar, es a todas luces irrisorio que “el centro más sagrado del catolicismo” esté decorado con héroes y dioses mitológicos griegos; ¿acaso no hay en la Biblia mejores historias y personajes que echar mano de un dios pagano? ¿Se imagina hoy en día una parroquia decorada con imágenes de Zeus, Afrodita o Poseidón? ¿O qué tal un iglesia con escenas de Kukulkán, el dios maya, o Quetzalcoatl, la serpiente emplumada de los aztecas, para ponernos más localistas? En segundo lugar, las historias de la mitología griega fueron recopiladas en latín por autores romanos de la talla de Ovidio, muy leído en el currículum medieval; además, ¿quiénes en la Edad Media entendían y usaban el latín?… Es evidente que el clero medieval tenía un acceso privilegiado a los autores latinos del Imperio romano.

Todo lo anterior nos lleva de vuelta a Julio II, el Papa renacentista, el hombre que inició la construcción de San Pedro en Roma, el hombre que supervisó la introducción del dios Apolo – entre otros personajes mitológicos – a la residencia papal. ¿Qué tenía en su cabeza este hombre? A juzgar por la decoración mitológica que plasmó en el Vaticano, sus intereses artísticos prescindían sin complejos de las normas bíblicas, lo que nos da alguna luz del estado de degradación y corrupción moral de los Papas de la época. Que Julio II escogiera a Apolo, el dios símbolo de las relaciones pederastas en la antigua Grecia, se nos aparece hoy como una increíble ironía histórica. En los últimos diez o quince años hemos sabido de los abusos pederastas de un sector del sacerdocio católico que por ahora parece difícil de precisar. Más chocante resulta todo esto si agregamos que para los griegos las relaciones pederastas sólo eran lícitas para los muchachos sobre los quince años. Visto en retrospectiva, la decisión de Julio II de seleccionar a Apolo para decorar los palacios pontificios parece ominosamente premonitoria, ¿o acaso la pederastia estaba presente ya entonces en el clero? Sea como fuere, uno no puede dejar de preguntarse qué pensará el Papa cuando en sus paseos palaciegos pase frente a la imagen de Apolo, ¿seguirá el amante de Jacinto alegrando las paredes del Vaticano?

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