Sir Arthur Stanley Eddington

Arthur Stanley Eddington: El Guardavía de la Fe

Probablemente para la mayoría de nosotros su nombre nos dice poco hoy en día, pero Arthur Stanley Eddington (1882 – 1944), notable astrónomo y físico británico, se hizo un nombre en el mundo científico por su investigación en el campo de la teoría de formación de estrellas y en el movimiento estelar, en un tiempo en el que esta materia estaba todavía en pañales. Su contribución científica no alcanzó a ver un Nobel, pero sí el título de sir otorgado por el rey de Inglaterra en 1930. También tiene a su haber el mérito de estar entre los primeros científicos en el mundo de habla inglesa en tener conocimiento de la teoría de la relatividad de Einstein y de haberla aceptado casi inmediatamente, un asunto nada menor si nos ponemos en la perspectiva histórica de que una teoría de un científico alemán era avalada por un colega británico cuando recién se habían apagado los fuegos de la Primera Guerra Mundial. Pero Eddington logró asimismo gran notoriedad por su trabajo de divulgación científica; en una época en la que no era muy común que se escribiese de ciencia para el hombre de la calle, puso especial cuidado en redactar libros que tradujesen al lenguaje cotidiano los avances de la astronomía y particularmente en explicar la por entonces perturbadora teoría de la relatividad.

Como nuestro título lo sugiere, Eddington era un hombre de ciencia pero a la vez un hombre de fe. Para ser más específicos, Eddington vivió toda su vida como miembro activo de la Sociedad de los Amigos, nombre oficial de la agrupación religiosa a la que despectivamente se denominó como cuákeros o tembladores, por la palabra inglesa que se usó para describir sus reacciones corporales cuando decían recibir el Espíritu Santo. Los seguidores de George Fox, el líder religioso inglés que fundó el movimiento a mediados del siglo XVII, suenan como algo exótico y extraño a nuestro mundo hispano, pero a fin de ubicarnos un poco acerca de su presencia histórica es bueno recordar a otro cuákero aún más famoso: el presidente norteamericano Abraham Lincoln. De hecho los cuákeros se extendieron más en Estados Unidos que en su natal Inglaterra, pero aún así siguieron siendo un fenómeno numéricamente muy pequeño, aun cuando su influencia social e histórica probablemente excede con mucho su tamaño poblacional. Los cuákeros fueron vistos alguna vez como no cristianos, casi sospechosos de heterodoxia (se achacaba a algunas facciones el negar la divinidad de Cristo), aunque probablemente el principal resquemor teológico contra ellos proviniera de su rechazo de los sacramentos, como por ejemplo el bautismo y la santa cena. Los cuákeros interpretaban estos asuntos como cuestiones principalmente simbólicas y juzgaban que los sacramentos practicados externamente eran más bien una cuestión superficial o meras ceremonias formales. Como sea, Eddington hizo de su fe y práctica como cuákero uno de sus rasgos de carácter distintivos que lo acompañaron toda su vida. Incluso al estallar la guerra en 1914 Eddington rehusó enlistarse en el ejército pues los cuákeros eran pacifistas y opuso el ser un objetor por motivos religiosos, o como diríamos hoy por motivos de conciencia. Dejemos que Eddington nos relate por sí mismo cuáles eran sus ideas personales al respecto:

Mi objeción a la guerra está basada en motivos religiosos… aún si la abstención de los objetores de conciencia hiciera la diferencia entre la victoria y la derrota, no podemos verdaderamente beneficiar a la nación desobedeciendo la voluntad divina

Tan pronto terminó la I Guerra Mundial Eddington pudo dedicarse a preparar la expedición quizás más importante de su vida, aquella que fotografió el eclipse solar del 29 de mayo de 1919, cuyos resultados confirmaron las predicciones de Einstein: la expedición encabezada por Eddington proporcionaba la primera prueba empírica de la veracidad de la teoría de la relatividad. Pero las contribuciones de Eddington mezclaron la investigación experimental con la teórica y como ejemplo de su fructífera intuición científica sólo baste recordar que en 1917, a propósito de la cuestión de la energía de las estrellas, Eddington escribía que éstas debían tener una fuente nuclear y que la “combustión” del hidrógeno en helio era tal vez el mecanismo más probable de esta energía. Esta sería otra de las felices extrapolaciones de Eddington, considerando que las reacciones nucleares no fueron descubiertas sino hasta unos quince años más tarde, de modo que lo que era una conjetura para Eddington hoy es para cualquiera de nosotros una noción básica acerca de la naturaleza de las estrellas.

Pero volvamos al Eddington difusor de los avances científicos. En “The Nature of the Physical World” (1929), Eddington había intentado explicar su tesis de que la física y la mística (entiéndase la espiritualidad o la religión) corren por carriles separados, esto es, tratan de materias y campos completamente diferentes. Pero al parecer su exposición no fue lo suficientemente clara, pues al poco tiempo Bertrand Russell tomo esta obra de Eddington para ridiculizar lo que a su juicio eran burdos intentos de físicos que mezclaban su fe personal con la ciencia. Russell, célebre matemático y filósofo inglés, paladín del ateísmo científico, sintetizó esta crítica con su mordaz lenguaje en los siguientes términos:

  • Eddington deduce la validez de la religión del hecho de que los átomos no obedezcan a las leyes matemáticas,
  • Sir James Jeans deduce la validez de la religión del hecho de que los átomos sí obedecen a las leyes matemáticas.

Russell intenta demostrar el ridículo de la posición de Eddington y Jeans (ambos reconocidos científicos creyentes), de querer extraer de la física un apoyo a sus creencias religiosas. Partiendo de teorías contradictorias, ambos llegan por igual a la feliz conclusión de que la física corrobora o apoya a la religión; una completa tontería, absurda e ilógica, donde Russell trata de exponer el ridículo de científicos que tratan de defender la religión manoseando la ciencia.

Eddington había principiado a escribir sobre su visión de la relación entre ciencia y espiritualidad en una obra preparada para una reunión de la Sociedad de los Amigos en Londres: “Science and the Unseen World” (1929). ¿Cuál era el tenor de su pensamiento?

«Probablemente es cierto que los últimos cambios del pensamiento científico vienen a quitar del medio algunos de los obstáculos que se oponían a la reconciliación entre la ciencia y la religión, pero es preciso distinguir cuidadosamente este hecho de cualquier propuesta de basar la religión sobre los descubrimientos científicos. Por mi parte, me declaro enteramente opuesto a semejante intento.

Eddington insinúa lo que será su idea central de que los cambios en la ciencia física de los que su época era testigo habían eliminado “algunos de los obstáculos” que impedían un entendimiento entre la ciencia y la religión, pero agregando inmediatamente que era un despropósito basar la religión sobre una determinada ciencia o descubrimientos científicos. ¿A qué se refería Eddington? Para entender su postura hay que recordar que desde los días de la Enciclopedia y la Ilustración francesa, la lectura tradicional de la ciencia newtoniana había construido un universo mecánico, gobernado por leyes de la naturaleza inmutables incluso para Dios. Esto a su vez había servido de argumento para desacreditar toda referencia a los milagros o a intervenciones sobrenaturales de la divinidad. Pues bien, la crisis de la física de comienzos del siglo XX y su nueva formulación – la mecánica cuántica – aparentemente había eliminado estos problemas, al hacer emerger un universo distinto al mundo determinista asociado a la vieja mecánica. De ahí que Eddington creyera que se habían limpiado “algunos de los obstáculos”. Con respecto a la burlesca crítica de Russell, Eddington responderá en 1935 con un nuevo libro, “New pathways in Science”, en donde aclara aún más su postura.

«El influjo de la ciencia sobre la religión se reduce a que los científicos, de vez en cuando, han asumido el papel de guardavías y han puesto aquí y allá señales de peligro, no siempre desacertadas. Interpretando correctamente la situación actual, me parece que una de esas señales, colocada en una de las principales vías de acceso, ha sido ahora eliminada. Pero nada importante va a suceder a menos que venga una locomotora«.

Este artículo se publicó inicialmente en Teologías y Ciencias en abril de 2010.

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