Catástrofes

Catástrofe Real

Las imágenes de catástrofes naturales han golpeado con fuerza en el último tiempo a través de los medios informativos. En 2010 comenzó con el mortífero terremoto en Haití, luego el gigantesco terremoto y maremoto chileno, seguidos en el segundo semestre por terribles inundaciones en diferentes países de Asia, Norteamérica y Australia. Este año fue el turno de Japón, con una temible combinación de fuerzas naturales (terremoto, tsunami) y errores humanos (crisis nuclear). Algunos estudios de expertos y economistas señalan que al menos en los desastres naturales de los últimos cincuenta años se aprecia una tendencia a mayores grados de destrucción en las últimas dos décadas considerando el efecto conjunto de catástrofes naturales (terremotos, huracanes, volcanes, incendios forestales) y cambios graduales del clima (sequías, inundaciones). Ciertos economistas apuntan a que los efectos económicos de los primeros, pese a toda su espectacularidad y devastación, son menos permanentes y dañinos que los de la segunda categoría, pues estos últimos son causa de pérdidas de alimentos cuyas consecuencias son más duraderas y difíciles de revertir.

En cualquier caso, es un hecho dramático de nuestros tiempos el constatar que los fenómenos de la naturaleza nos golpean con creciente fuerza y con inusitada frecuencia. La respuesta de la ciudadanía de los países afectados se vuelca inmediata hacia las autoridades, primeras en la línea de responsabilidad en lo que atañe a la atención de las víctimas y la reconstrucción de aquello que fue destruido por la naturaleza. En los últimos años, con una población cada vez más consciente de sus derechos y de la manera de expresarlos, esto ha significado que las autoridades de los países afectados han debido tomar conciencia de la importancia de una pronta respuesta, pero incluso más que eso, han debido anticiparse a los hechos y avanzar en prevenir los posibles embates naturales y preparar al Estado y a la población para estar preparados cuando esos desastres vuelvan a visitarnos, como sin duda seguirá sucediendo. Esta responsabilidad de prevenir y anticiparse a los problemas se convierte entonces en una forma de evaluación de la autoridad política, cuestión de la que también hemos sido testigos en los últimos años. Por eso entendemos la reacción de los manifestantes en Tokio, descontentos por el tratamiento que su gobierno ha dado a la crisis. En 2005 algo similar debió sufrir George W. Bush cuando la población resintió lo que entendió fue una respuesta tardía del gobierno ante el huracán Katrina y un problema más grave por haber postergado el reforzamiento de las defensas costeras contra las inundaciones en las tierras bajas de Louisiana. La población entiende que los fenómenos de la naturaleza son básicamente insoslayables, nos los podemos evitar; sin embargo, exige de sus autoridades que sí se hagan responsables por las medidas preventivas, el control de la crisis, la pronta ayuda a las víctimas y la información oportuna de la población.

Pero, ¿qué pasaba en la antigüedad cuando se desconocían los mecanismos de operación de la naturaleza, cuando no había prevención de las catástrofes? ¿Qué ocurría entre la población y las autoridades cuando golpeaban volcanes, terremotos, sequías o inundaciones? La respuesta a estas interrogantes pasa por la comprensión de la cosmovisión que tenían los antiguos, esto es, una cierta concepción del todo, donde la divinidad, la naturaleza, la sociedad y las autoridades formaban un entramado único e íntimamente interconectado.

En el antiguo Medio Oriente hay ejemplos claros del papel que esta cosmovisión jugaba en la vida de sus habitantes y en la respuesta social frente a las calamidades de la naturaleza. La disponibilidad de agua era sin duda una de las condiciones esenciales para asegurar la vida en el medio oriente, de modo que tanto su carencia como su exceso podían ser igualmente problemáticos. En Mesopotamia los grandes ríos, como el Tigris y el Eufrates, eran de muy difícil predicción en términos de su comportamiento, pues sus caudales tendían a cambiar caprichosamente en la primavera, a veces generando inundaciones y otras disminuyendo debido al clima generalmente seco de la región. El Nilo en Egipto era todo lo opuesto: un río altamente predecible. De ahí que los egipcios pudieran aprovecharlo sin los inconvenientes que enfrentaban en Mesopotamia. Las sequías podían tener efectos devastadores entre los pueblos antiguos; de hecho algunos investigadores han sugerido que la cultura de Micenas pudo haber desaparecido debido a prolongadas sequías allá por el 1200 a. C.

Tanto los reyes de Mesopotamia como los faraones egipcios cumplían aquí una función crucial. En el mundo antiguo los reyes eran los encargados de mantener la armonía del “mundo”, es decir, de la naturaleza y de la sociedad humana. Para los antiguos no existía tal cosa como “la naturaleza”, como si se tratara de una entidad independiente que tenía vida por sí misma aparte de los hombres. Más bien se creía que lo que nosotros llamamos naturaleza, era una extensión más de las relaciones de armonía que tejía la sociedad humana sobre todo su entorno. El rey era responsable de asegurar ante la nación que tales condiciones de armonía se mantuvieran en la mejor condición posible. Es probable que donde más nítidamente se aprecie esto sea en la sociedad egipcia, donde el faraón tenía como primera obligación el mantener el ma´at, concepto que se traduce como “justicia, armonía, rectitud”. El ma´at era a su vez la máxima divinidad egipcia, la que aseguraba la existencia de los dioses, del faraón y del mundo egipcio, en suma, la que garantizaba la salida del sol cada día y de las estrellas en la noche. Ya se tratara de invasiones extranjeras, ejércitos enemigos o catástrofes naturales, todo por igual era considerado una perturbación del ma´at y por tanto una amenaza del orden establecido, siendo obligación del faraón restablecer la armonía: derrotar militarmente a los enemigos o bien encauzar los fenómenos de la naturaleza (para los egipcios intervenciones de los dioses). En estos casos las calamidades naturales eran también responsabilidad del faraón, pues él tenía acceso privilegiado a los dioses y debía proteger al reino contra todas esas amenazas que rompieran la armonía del mundo. En Mesopotamia sucedía algo similar, pues aunque sus reyes no fueran considerados divinos como los faraones, sí tenían una categoría semi divina, descendían de los dioses y por tanto también ellos eran responsables de asegurar que la naturaleza no se volcara contra la sociedad humana.

Esta concepción del mundo prevaleciente en la antigüedad nos da una nueva visión de cuán disruptiva y perturbadora debe haber sido la experiencia de las plagas de Egipto para su población, cuando el faraón claramente fue incapaz de asegurar el ma´at. Pero la misma historia de Israel nos ejemplifica cómo las calamidades naturales eran en primer lugar una responsabilidad del rey. En 2 Samuel 21:1 leemos:

Hubo hambre en los días de David por tres años consecutivos. 
Y David consultó a Jehová, y Jehová le dijo: 
Es por causa de Saúl, y por aquella casa de sangre, por cuanto mató a los gabaonitas

Este texto es revelador de la relación que existía en el mundo antiguo entre la divinidad, la monarquía y la naturaleza. Para ponerlo en el lenguaje del texto bíblico, la relación es Yahvé – David – hambre. Varias preguntas se le presentan al lector moderno. ¿En qué sentido el rey era “responsable” de la hambruna que afectaba a Israel? ¿Cómo las acciones de Saúl o de David afectaban a la naturaleza? En el texto bíblico la explicación de la carencia de alimentos que afectaba a la nación se hallaba en el pecado de Saúl, en la sangre derramada bajo ese reinado. El pecado del rey afectaba las correctas relaciones con el entorno, con la naturaleza; de ahí el hambre sobre el pueblo. David es responsable entonces de reparar el pecado de su antecesor y restablecer la armonía entre los israelitas y la naturaleza cumpliendo con la ley de Dios. Más adelante leemos (2 Samuel 21:14):

“… e hicieron todo lo que el rey había mandado. 
Y Dios fue propicio a la tierra después de esto”.

Existe un cierto sentido de “solidaridad corporativa” entre el rey y su pueblo; el rey, como cabeza de la sociedad, debe responder por los actos “corporativos” de la monarquía. Los pecados políticos de sus antecesores tienen consecuencias en el mundo natural, atraen catástrofes como la hambruna. Una vez que el rey repara el error de su predecesor “Dios fue propicio a la tierra”.

En nuestros días distinguimos claramente entre los desastres naturales propiamente y las responsabilidades de las autoridades en cuanto a prevenir y mitigar tales calamidades. Pero en el mundo antiguo, donde los reyes eran responsables de un sentido de armonía que va mucho más allá de lo que nosotros entendemos por política, las catástrofes naturales eran parte de la esfera de responsabilidades de los gobernantes en cuanto ellos tenían una más directa y personal relación con la divinidad.

Este artículo se publicó originalmente en Teologías y Ciencias en abril de 2011.

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