León XIII

Cosas nuevas, cosas viejas


Hay fechas que siempre generan gran convocatoria en América Latina y sin duda una de ellas es el 1 de mayo, la fiesta del día del trabajo. Ello amerita hacer un alto en nuestra temática cotidiana y volvernos por un instante a un momento histórico y a un documento que, al menos en el discurso, ha tenido asimismo una gravitancia no menor en nuestro continente. Corría el año 1891 cuando el Papa León XIII sorprendía a sus feligreses con la encíclica Rerum Novarum (“Cosas Nuevas”), en la que se abocaba a tratar la “cuestión obrera”, los asuntos de sindicatos, trabajadores, el capital y las luchas sociales. Este documento ha sido considerado tradicionalmente por las organizaciones políticas y sociales católicas como un texto fundamental y punto de partida del catolicismo moderno. En Chile, por ejemplo, partidos diversos como la Democracia Cristiana, o de derechas, como Renovación Nacional y la UDI, lo tienen como un punto de referencia de sus principios cristianos en política; ejemplos que se podrían multiplicar en toda Latinoamérica.

Pero, ¿qué podemos decir desde una mirada protestante ante tan magno documento? Para quien haya leído su breve contenido hay varias cosas que llaman la atención, ya desde la partida. León XIII nos aclara que su preocupación por la situación de los obreros y la economía corre a la par que su interés por otras situaciones, “lo que hemos acostumbrado, dirigiéndoos cartas sobre el poder político, sobre la libertad humana, sobre la cristiana constitución de los estados y otras parecidas”. ¿Qué entendía León XIII por libertad? Vicenzo Gioacchino Pecci, el verdadero nombre del Papa, había hecho una larga carrera en la curia romana, incluida una estancia en Bélgica entre 1843 y 1846. De aquellos años había anidado en su ser un profundo rechazo contra los políticos liberales. De regreso en Italia, se unió a los que pedían al Papa una condena absoluta contra las nuevas tendencias políticas que eran rebeldes a Roma, lo que se plasmó a su vez en una serie de documentos de triste recuerdo, tales como el Syllabus Errorum de 1864, en las que Pío IX condenaba todas las ideas asociadas a lo que conocemos como las democracias constitucionales o a la modernidad. Los estados constitucionales eran tan repulsivos para Pío IX como para el entonces cardenal Pecci. Cuando en 1878 Pecci se convirtió en Papa, continuó en lo general la línea ultra conservadora de sus antecesores. Visto en perspectiva, hay que tener presente que los Papas del siglo XIX, Gregorio XVI (1831 – 1848), Pío IX (1848 – 1878) y León XIII (1878 – 1903) fueron todos ellos monarcas absolutos, que condenaron categóricamente la libertad de prensa y de culto, así como los estados democráticos y constitucionales modernos; todo lo que se opusiera a los privilegios y a los poderes del clero fue objeto de la ira de estos Papas. Cuando nos habla de libertad, debemos tener muy presente que León XIII entendía por libertad una cosa muy distinta y restringida.

Pero no todo en la vida puede ser condenar y condenar. León XIII se distinguió de sus antecesores por comprender que había que proponer algo, después de todo se trataba de revertir la situación de entonces, tan opuesta al catolicismo, incluso en los propios estados católicos. Así que la Rerum Novarum se convirtió en la carta de presentación de León XIII ante el mundo moderno, su llamado a reconquistar a un mundo hostil a la clerecía católica. En sus breves páginas, León XIII adopta una postura salomónica: condena por igual el capitalismo y el socialismo; al primero lo hace objeto de rechazo por su maltrato de los obreros y su codicia, al segundo por su espíritu marxista y por tanto ateo. A nadie podría sorprender ambas condenas. Si viviéramos a fines del siglo XIX, se nos haría evidente que las principales potencias capitalistas eran naciones protestantes: Estados Unidos en América, Gran Bretaña y Alemania en Europa. El capitalismo y la industrialización eran parte de la estructura de las naciones protestantes que campeaba por entonces en el mundo. Evidentemente que las sociedades construidas a espaldas del Papa y contrarias a las enseñanzas católicas – como las de los estados protestantes – no podían dar origen a nada bueno; alejados de Dios y de la verdadera iglesia romana, los herejes protestantes sólo podían haber edificado estados basados en la injusticia, donde la explotación de los trabajadores en las fábricas iba de la mano con la ausencia de las enseñanzas católicas y sus obras sociales, donde falsas iglesias engañaban al pueblo y no se escuchaba la voz del Papa como una guía moral de la nación. De todos los males que había causado la herejía protestante, la destrucción moral y social del capitalismo era una de sus consecuencias mayores. Así que León XIII es categórico en condenar este capitalismo sin alma. Pero la crítica al capitalismo ya tenía un adalid, el socialismo, que había hecho grandes avances tanto en estados protestantes como católicos, incluso con fuerza en la misma Italia. El socialismo, por su origen marxista y por tanto materialista, tampoco era una opción para León XIII: “De todo lo cual se sigue claramente que debe rechazarse de plano esa fantasía del socialismo de reducir a común la propiedad privada, pues que daña a esos mismos a quienes se pretende socorrer, repugna a los derechos naturales de los individuos y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad común.” León XIII no puede estar más lejano de la idea socialista fundamental de eliminar la propiedad privada y reemplazarla por la propiedad colectiva.

En medio de toda esta discusión sobre capitalismo y socialismo, bien pudiera uno preguntarse ¿en base a qué el Papa pretende zanjar las diferencias entre uno u otro?, ¿con qué derecho tendría el Papa que decirnos cuál es el camino a seguir en esta coyuntura política, social y económica? León XIII parece haber intuido la pregunta sobre la pertinencia de su enseñanza y nos aclara que:

afirmamos, sin temor a equivocarnos, que serán inútiles y vanos los intentos de los hombres si se da de lado a la iglesia. En efecto, es la iglesia la que saca del evangelio las enseñanzas en virtud de las cuales se puede resolver por completo el conflicto, o, limando sus asperezas, hacerlo más soportable; ella es la que trata no sólo de instruir la inteligencia, sino también de encauzar la vida y las costumbres de cada uno con sus preceptos; ella la que mejora la situación de los proletarios con muchas utilísimas instituciones; ella la que quiere y desea ardientemente que los pensamientos y las fuerzas de todos los órdenes sociales se alíen con la finalidad de mirar por el bien de la causa obrera de la mejor manera posible, y estima que a tal fin deben orientarse, si bien con justicia y moderación, las mismas leyes y la autoridad del Estado.”

Con que León XIII afirma la pertinencia de su enseñanza sobre estos asuntos en que la iglesia es fundamental para resolver la “cuestión social” y en las doctrinas del evangelio que son claves para la sana convivencia social entre ricos y pobres. De aquí en más, León XIII volverá una y otra vez en este documento sobre la enseñanza del evangelio para impartir principios que resuelvan el conflicto político – económico – social que se vivía en el siglo XIX. Sin embargo, en este punto específico, la postura que adopta León XIII no puede ser más extraña. Podemos estar de acuerdo con León XIII en que, en su estado puro, ni el capitalismo ni el socialismo pueden asemejarse a las enseñanzas de Cristo; también compartimos con agrado su interés y dolor por la situación de explotación de los obreros industriales; incluso podríamos alegrarnos de que un líder religioso sueñe con una sociedad más cristiana. Pero al leerle, da la impresión de que el Papa apareció de repente en Europa o parece haber descendido desde el espacio exterior y, oh sorpresa, encontrarse de sopetón con el mundo dividido entre capitalismo y socialismo. Lo que no calza en este relato del romano pontífice es que los Papas no aparecieron en 1891, sino que tienen una larga y conocida historia. Más aún, en los procesos históricos que dieron origen tanto al capitalismo como al socialismo, los Papas no estuvieron ausentes ni fueron meros espectadores, sino que jugaron un rol muy activo, directa e indirectamente, tanto ellos como la jerarquía sacerdotal que estaba a sus órdenes. Es precisamente ese silencio sobre su pasado, al que jamás León XIII hace mención a lo largo de la encíclica, lo que llama la atención de un lector atento.

Para poner más en perspectiva el problema, un buen ejercicio es retroceder en el tiempo, digamos hasta la Europa de comienzos del siglo XVI, justo cuando estalla la reforma protestante. Por aquel entonces, las principales potencias europeas eran estados católicos; países como España, Portugal, Francia y los estados italianos, controlaban el comercio y las riquezas europeas. No hablamos aquí sólo de la riqueza material; en la educación, las ciencias y las artes, la Europa meridional era por lejos el centro del continente. Entre las cortes de Francia, España e Italia se encontraban repartidos los pintores, escultores, arquitectos, ingenieros, músicos, matemáticos y profesores de renombre, sobre todo los grandes personajes asociados a la época dorada del renacimiento italiano, los Da Vinci, Miguel Angel o Brunelleschi que marcaban la pauta de las tendencias europeas. A más abundamiento, a esta Europa rica comenzaban a llegar todavía más riquezas embarcadas en los incontables galeones españoles que cruzaban el Atlántico para inundar a España con el oro y la plata de sus nuevas colonias americanas. Mientras la Europa mediterránea vivía el éxtasis de la riqueza comercial, cultural y del poder político, el contraste con la Europa del norte no podía ser mayor. Como algunos historiadores han señalado con agudeza, al norte de los Alpes con suerte se podría hallar a tres humanistas de rango continental: el alemán Reuchlin, el holandés Erasmo de Rótterdam y el inglés Tomás Moro. El resto, la inmensa mayoría de la intelectualidad europea vivía en los estados católicos del sur. De modo que cuando se estudia la reforma protestante una de las condiciones que normalmente se pasa por alto es precisamente este notable cuadro de una Europa pobre en el norte sublevándose contra la Europa rica del sur. Sí, efectivamente los herejes que desafiaron a la autoridad del Papa, los sajones que siguieron a Lutero, eran vistos desde Roma – probablemente con justa razón – como un país periférico y de menor importancia. Baste recordar que la universidad de Wittemberg, corazón del movimiento luterano, contaba apenas algunas décadas de existencia, cuando las universidades españolas, francesas o italianas tenían ya una vida de siglos. Las naciones que abrazaron la herejía protestante, primero los estados alemanes, luego Inglaterra, Holanda o los cantones suizos, eran todos estados de segunda o tercera categoría en el cuadro político – económico de la época; para el liderazgo católico de Roma o Madrid era evidente que la ventaja estaba de su parte, aunque no sea posible precisar hasta qué punto este sentimiento de superioridad influyó en su rechazo y menosprecio hacia los protestantes. En resumen, los estados católicos en el siglo XVI eran por lejos más ricos, poderosos e influyentes que los sublevados y empobrecidos estados protestantes del norte. Más aún, desde 1492 el desnivel de recursos a favor de la causa católica será incluso mayor.

Cuando en el siglo XVI los Papas organizaron la Contrarreforma, el movimiento que se dispuso a combatir y contraatacar al protestantismo, se tomaron decisiones claves para organizar mucho más que sólo la religión católica. La Contrarreforma supuso exactamente el mismo ejercicio que León XIII nos propondría en 1891, esto es, usar los principios cristianos definidos por el romano pontífice – principios católicos – para organizar la iglesia, la sociedad, la cultura, en suma, el nuevo estado católico. Así que, el ejercicio de León XIII ya había tenido lugar en el siglo XVI: los principios del evangelio fueron invocados igualmente por los protestantes en el norte y por los católicos en el sur para construir un nuevo modelo de países. ¿Qué pasó entonces? En el transcurso de poco más de trescientos años la historia se invirtió de una manera impresionante. La Europa rica del sur se empobreció, mientras la Europa pobre del norte se enriqueció. Las que habían sido grandes potencias católicas se hallaban ahora en franco proceso de decadencia, siendo quizás España el caso más particularmente llamativo y perturbador. Por el contrario, los que habían sido países protestantes de segunda categoría, como Inglaterra, eran ahora potencias europeas, potencias mundiales. Pero, entonces, ¿cómo explicar estas enormes diferencias entre países que básicamente habían apelado al mismo evangelio? ¿Por qué los estados protestantes prosperaron y se enriquecieron, mientras los católicos se empobrecieron? ¿Qué pasó con la enorme superioridad de recursos que América aportó, por ejemplo, a España? ¿Eran acaso los protestantes más inteligentes y los católicos más torpes, por eso unos triunfaron y otros fracasaron? Preguntas difíciles, pero aunque no podamos responderlas en plenitud a lo menos hay pistas que nos ayudan a enfrentar el problema.

Desde los días del emperador Constantino, el modelo autoritario de iglesia y estado caló hondo en el clero medieval. Los Papas, sucesores de los césares, fueron siempre monarcas absolutos y autócratas que no daban cuenta a nadie de sus actos más que a Dios. Este modelo de “iglesia” – que por cierto tiene poco y nada de la iglesia del nuevo testamento – fue a su vez el espejo de la sociedad y el poder civil construidos por los Papas; de modo que el autoritarismo eclesiástico se convirtió a su vez en soporte de sociedades y estados autoritarios. Dentro de este esquema autoritario, la violencia era la manera última de resolver los problemas; como la violencia suprimió los espacios de disidencia, el resultado fue engendrar sociedades de desconfianza. Por el contrario, en los estados protestantes la Reforma implicó – aunque fuera lentamente – romper con el autoritarismo, aceptar la disidencia y dar lugar a sociedades donde se podían construir relaciones de confianza. El giro de la historia no tiene que ver con un problema de inteligencia: ni los protestantes eran genios, ni los católicos estúpidos. El giro de la historia tiene más que ver con los resultados concretos de las distintas exégesis de unos y otros: aunque sin imaginarlo, los protestantes construyeron sociedades de confianza, los católicos construyeron sociedades de desconfianza. Estas sociedades de confianza – los países protestantes – se desarrollaron y se enriquecieron, mientras las sociedades de desconfianza – los países católicos – involucionaron y se empobrecieron. España y los estados latinoamericanos son buenos ejemplos de cómo los principios definidos en Trento crearon sociedades de desconfianza, incluso hasta nuestros días. Gran Bretaña y los Estados Unidos son buenos ejemplos del camino inverso.

Quizás ahora podemos volver a 1891 y a León XIII y releer la Rerum Novarum bajo otra luz. La búsqueda y aplicación de principios cristianos para construir sociedades mejores era un ejercicio que ya había sido practicado en el siglo XVI precisamente con motivo del quiebre catolicismo – protestantismo. Las dispares consecuencias de ese ejercicio ya estaban claras para 1891, sin embargo León XIII no hace mención alguna a esta historia y a sus enseñanzas en su encíclica. No hay ninguna palabra del Papa que nos aclare por qué los países católicos están en el calamitoso estado en que se encuentran, considerando lo ricos que habían sido y lo mucho más que se habían enriquecido desde 1492. Tampoco León XIII nos aclara por qué fue en un país católico como Francia donde se materializaron por primera vez los principales experimentos socialistas (recordar la Comuna de París en 1871) o abiertamente paganos (el culto a la diosa Razón después de 1789) de los tiempos modernos. Capitalismo y socialismo no nacieron de la nada, profitaron de ciertas condiciones sociales para desarrollarse; en la superficie pareciera que las sociedades de confianza protestantes alentaron el desarrollo de la democracia y el capitalismo, y al revés, las sociedades de desconfianza católicas alentaron el desarrollo de autoritarismos y revoluciones socialistas. En un nivel más profundo, las distintas exégesis y prácticas religiosas de protestantes y católicos ayudaron o perjudicaron al desarrollo de sus respectivos países. Lamentablemente en Latinoamérica existe poca o nula crítica cuando se trata de documentos papales. Muy probablemente una gran mayoría de quienes se identifican con la Rerum Novarum como base de su acción social desconocen que su autor era un autócrata a la antigua, que no creía ni en la libertad de culto ni en la democracia y que suspiraba con nostalgia por una época desaparecida en que los Papas tenían territorios y ejércitos bajo su mando. Para cuando León XIII redactaba su encíclica parece haber ignorado por completo que trescientos años antes se habían jugado las cartas del progreso o del subdesarrollo de muchas sociedades; después de todo no eran cosas tan nuevas sobre las que trataba la encíclica, sino cosas viejas, muy viejas.

Este artículo se publicó originalmente en Teologías y Ciencias en mayo de 2010.

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