Charles Darwin

Génesis 1: ¿Ciencia o Teología?

2010, un año de efemérides. Entre ellas, como no, el bicentenario que conmemoran varios países latinoamericanos. En 2009 la ciencia también acaba de celebrar un bicentenario, claro que en este caso con nombre y apellido: Charles Darwin. Los doscientos años de Darwin encuentran a la teoría de la evolución en medio de un debate externo con los creacionistas cristianos por un lado, y un debate interno entre neo darwinistas y los darwinistas más clásicos por otro. Aún más, como suele suceder en estos casos, hace ya rato que la evolución dejó el exclusivo campo del debate ciencia – religión y se instaló en otro mucho más amplio de las relaciones entre cultura, política y religión: basta ver por ejemplo a la derecha política casada con los conservadores evangélicos y del otro lado al secularismo defensor de las tesis evolucionistas. En medio de de esta meleé de ideas culturales, políticas, religiosas y científicas, resulta cada vez más difícil abstraerse de estas distracciones y volver a las verdaderas raíces del debate.

¿Cómo afecta la ciencia moderna a la lectura del Génesis? A juzgar por la cantidad de artículos, libros, páginas web, blogs, y una variedad de medios escritos e incluso DVD sobre la materia, el debate acerca de la lectura del Génesis, en particular de sus primeros capítulos, tiene para rato. En el mundo evangélico este debate está cruzado por la presencia ominosa de la evolución darwiniana, teoría científica que muchos ven como una clara amenaza contra la fe cristiana y como un desembozado intento de promover el ateísmo. Desde que se inició este debate entre creación y evolución en la segunda mitad del siglo XIX el asunto ha sufrido altibajos, ajustes en el tono de las palabras, cambios de énfasis, búsquedas de entendimiento, pero el conflicto siempre ha seguido ahí, como un porfiado testimonio de que las relaciones entre ciencia y religión son más complejas de lo que uno quisiera. Hacer un poco de historia puede a veces ayudar a no perder la perspectiva de la cuestión.

Desde comienzos del siglo XIX el mundo protestante asistía a un intento por armonizar las escrituras con los desafíos que le planteaba una nueva ciencia: la geología. Los avances en el estudio de las rocas, de las capas de la superficie terrestre, habían llevado a una profunda revisión de la lectura del Génesis, en especial de sus capítulos iniciales. Tanto pastores como científicos creyentes habían propuesto teorías para compatibilizar los largos procesos que suponían la formación de rocas con los días de 24 horas que describían la creación según la lectura clásica del relato mosaico. De entonces datan las interpretaciones que intercalaban en Génesis 1 procesos de miles de años de duración; en rigor ya en el siglo V Agustín había expuesto su sospecha de que los días de la creación podrían no tomarse literalmente, pero para el 1800 vemos a científicos cristianos – principalmente ingleses y alemanes – fundamentando sus explicaciones con una elaboración científica que podía sonar razonable para la época. En esto estaba el mundo protestante, cuando en 1859 les explota otra bomba: Darwin publica el Origen de las especies, donde plantea su teoría de la evolución. De nuevo la ciencia parecía alejarse de las escrituras, la amenaza de que la Biblia fuera una simple colección de mitos y cuentos volvía a renacer.

Con el paso del tiempo las cosas no han ido mucho mejor. A las amenazas planteadas en el pasado por la geología y luego por la evolución, habría que sumar en nuestros días a la teoría del caos, la que en su versión más sencilla postula que la materia tiene la capacidad de auto organizarse, de auto ordenarse, sin necesidad de que intervenga ningún ser inteligente – léase Dios – para poner orden, por ejemplo, en la materia primigenia.

Evolución, caos, geología… ¿cuánto puede aguantar la lectura tradicional del Génesis? ¿Habrá que abandonar la idea de que la Biblia es científicamente cierta? Cabe consignar que los intentos por armonizar las escrituras con estas y otras novedades científicas están ahí; una prueba reciente de ello es el museo de la creación abierto hace poco en Estados Unidos. El corazón de las tesis de armonización sigue siendo el mismo de siempre: la Biblia no puede estar en contradicción con la ciencia pues es la verdad de Dios. Al amparo de esta posición se han buscado y defendido las más conocidas teorías para armonizar la lectura de los primeros capítulos del Génesis con la ciencia moderna. Entre Génesis 1:1 y 1:2 se ha postulado que perfectamente puede haber espacio para los millones de años de los procesos geológicos que exige la teoría científica moderna, es la interpretación de la teoría del desfase – la “gap theory” de la versión inglesa. También se ha resaltado mucho la expresión “según su género” que aparece repetidas veces en Génesis 1, en la que se ha querido ver una connotación biológica, algo así como una aproximación a la clasificación de las especies, géneros, subgéneros o phyla de la biología moderna. Estos esfuerzos de armonización entre la ciencia y el Génesis se han sucedido entre el siglo XIX y el siglo XX, y todo indica que varios autores cristianos continuarán por este camino.

Un punto de vista alternativo, que mencionamos antes, es el de darle otra vuelta al lenguaje del autor del libro. Ya recordamos a Agustín, quien había planteado hace muchos siglos que la interpretación del término “día” tal vez requería una revisión, insinuando con ello un uso alegórico de las palabras, una cosa distinta de un día de 24 horas. Muchos siglos después, Calvino – en su comentario sobre el Génesis – expresaba a su vez la importancia del lenguaje y el punto de vista del autor humano, lo que hoy llamamos la teoría de la acomodación: el autor expresa los sucesos de la creación como el observador que es, con la carga histórica y cultural propia de su tiempo, acomoda su mensaje a los usos y costumbres de su gente. Muy acertadamente, Calvino resalta el propósito del autor por emplear un lenguaje sencillo, tan simple como sea posible para ser entendido por un auditorio de personas comunes como lo eran los siervos hebreos que acababa de liberar de Egipto. Después de todo, el Génesis no fue escrito para eruditos o entendidos, sino para una abigarrada y expectante población hebrea que hacía poco trabajaba como esclavos de los egipcios.

Las últimas décadas han sido testigos de un camino diferente, sustentado por la investigación arqueológica y la reflexión teológica, un renovado esfuerzo por entender la relación del Génesis con la ciencia bajo una nueva luz. Fruto de ese esfuerzo se ha destacado un hecho que hasta ahora había pasado desapercibido o al que poco o nada se había prestado atención: la cuestión de la teología mosaica. Tanto se había enfatizado el substrato científico de Génesis 1 que por ahí se olvidó el fundamento teológico del primer capítulo de las escrituras, algo que puede sonar irrisorio, si después de todo la Biblia trasunta teología en todas sus páginas, ¿cómo se pudo haber pasado por alto la teología de Moisés? ¿Tienen algo que decir los presupuestos y necesidades teológicos del autor del Pentateuco? Cada vez se nos hace más evidente que la respuesta a esta interrogante es afirmativa. Al final, si queremos extraer algún sentido coherente del mensaje original de Génesis 1, éste tiene que estar inextricablemente ligado a la teología de Moisés, el gran líder hebreo. Si esto es así, ¿cuáles eran esas necesidades y supuestos, qué perseguía la teología mosaica?, ¿cuáles eran los objetivos teológicos de Moisés? Puestas así las cosas, se libera nuestra lectura de Génesis 1 y podemos comenzar a explorar otros caminos que no necesariamente están sujetos a la presión contrastante de los resultados de la ciencia moderna.

El argumento teológico de Génesis 1 es bastante simple: su teología está íntimamente relacionada con la teología del Pentateuco. Ergo, Génesis 1 debe haber prestado algún servicio inmediato al tema central del Pentateuco. Visto así de sencillo, esto nos recuerda que muy probablemente para Moisés los problemas religiosos de su entorno – entre la salida de Egipto y el ingreso a Canaán – deben haber sido mucho más significativos e importantes que una hipotética preocupación por temas de naturaleza científica tal como los que conocemos nosotros. En otras palabras, el politeísmo que había dejado atrás en Egipto y el paganismo que lo esperaba en Canaán eran cuestiones de cotidiana urgencia para Moisés; la naturaleza astrofísica del universo, la estructura biológica de los seres vivos o las etapas geológicas del planeta – cualquiera fuese el grado de conocimiento que sobre estas materias pueda haber recibido de Dios – de poca ayuda pudieran haber sido para su desafío inmediato al frente del pueblo hebreo. Lo que nos devuelve al tema central del Pentateuco: el pacto del Sinaí. El Pentateuco gira en torno a esta relación contractual entre Yahvé y su pueblo Israel: la obediencia a la ley y el sistema religioso definidos en el Sinaí es bendición, su desobediencia acarrea la maldición. El libro del Génesis es la puerta de entrada a la historia de este pacto, y consecuentemente empezamos leyendo en Génesis 1 de una bendición (a los seres vivos creados por Dios) y de una maldición (a los humanos pecadores). Releer Génesis 1 bajo la perspectiva de la teología de Moisés nos ayuda a descubrir cómo el autor escoge sus materiales – siempre bajo la dirección divina – para armar un relato de la creación que sea coherente e inteligible en primer lugar para su pueblo Israel; si después se puede hallar compatibilidad con el conocimiento científico actual, mucho mejor. Pero creemos que la secuencia correcta, para hacer justicia al texto, es entender la teología de Moisés y luego plantear las cuestiones científicas que nos interesan a nosotros hoy; el enfoque inverso de los intentos de armonización de los últimos siglos han planteado las cosas al revés, lo que creemos que desnaturaliza Génesis 1.Lo anterior no quiere decir que los esfuerzos por armonizar Génesis 1 con la ciencia moderna carecen de sentido o son inútiles. Empero, es importante marcar el contrapunto de que la visión teológica del autor es un asunto de primerísima importancia a la hora de extraer algún sentido al texto. Invitamos al lector que desee profundizar sobre esta materia en consultar la sección Capacitación donde podrá hallar otras alternativas de interpretación desarrolladas en extenso.

Este artículo se publicó originalmente en Teologías y Ciencias en julio de 2010.

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