Masacre de san bartolomé

In Memoriam

24 de agosto de 1572. Han pasado más de cuatro siglos; para ser más exactos 439 años, desde esa fatídica noche. La matanza de san Bartolomé marca el epítome de ese terrible periodo conocido como las guerras de religión, que devastaron a Europa entre los siglos XVI y XVII, durante el enfrentamiento entre católicos y protestantes. Sin duda que toda esa época está marcada por una lucha sin sentido, llena de actos vergonzosos tanto de católicos como de protestantes, pero aún dentro de este terrible escenario la matanza de San Bartolomé alcanzó un lugar preeminente, particularmente por lo masivo de las muertes y por el hecho de que la matanza fue ejecutada en tiempos de paz, cuando no había un estado de guerra oficial entre ambos bandos, producto de una conjura secreta de la monarquía y los nobles católicos franceses.

La noche del 24 de agosto de 1572 se ejecutó un plan cuidadosamente maquinado para acabar con la vida de los principales líderes del movimiento hugonote reunidos en París con motivo de las fiestas de una boda real. Los hugonotes eran calvinistas francesas, esto es, protestantes, disidentes del catolicismo francés, que habían protagonizado ya tres cortas guerras contra el poder real durante los años 1560s para resistir el intento de obligarlos por la fuerza a renunciar a su religión e integrarse al catolicismo oficial imperante en Francia. El noble almirante Gaspar de Coligny era el principal líder de los hugonotes y fue el primero en ser asesinado. Pero París era una caldera que ya llevaba varios días a punto de estallar. La sangre de Coligny fue sólo la chispa que encendió la sed de muerte de una masa humana que se lanzó sobre las casas de todos los hugonotes: hombres, mujeres, ancianos y niños, todos fueron asesinados. La horrible escena se repitió en varias ciudades de Francia y se extendió incluso por varios meses, pues hasta octubre todavía continuaban los asesinatos en algunas regiones del reino. Como siempre ocurre en estos casos, es muy difícil intentar precisar hoy la cantidad de víctimas de esas semanas de orgía mortal. Los historiadores están muy divididos, desde quienes señalan que las muertes podrían rondar los 3.000, hasta quienes hablan de 70.000 o incluso 100.000. La verdad es que sólo Dios sabe cuántos perecieron en la matanza.

La controversia no sólo ha girado en torno a la cifra total de muertos. La participación de los diferentes actores y responsables también ha sido objeto de una larga polémica. Uno de los protagonistas más conspicuos de estos hechos fue quien a la sazón era la cabeza del catolicismo europeo: Gregorio XIII (1572-1585). Ugo Buoncompagni, miembro de la aristocracia italiana – como casi todos los Papas de la época – iba a ser recordado sobre todo por emprender la reforma del calendario, conocido desde entonces como el calendario gregoriano. Pero los sucesos de la noche de San Bartolomé en París no le fueron ajenos, preocupado como estaba en la campaña internacional por detener el avance del Protestantismo y liderar la contra ofensiva católica que preconizaba el Concilio de Trento. ¿Le cupo participación a Gregorio XIII en la matanza propiamente tal? ¿Cuál fue su involucramiento y conocimiento de tales hechos? Lo que se sabe es que Gregorio XIII, tan pronto supo de la muerte de Coligny y los líderes hugonotes, ordenó una serie de actos para celebrar como un magno suceso la ejecución de los protestantes franceses. Así, celebró un solemne Te Deum en Roma para agradecer a Dios por las muertes de los herejes, acuñó una moneda conmemorativa de este gran evento, envió al rey Carlos IX de Francia una Rosa Dorada (lujosa obra de artesanía bañada en oro) y comisionó al pintor Giorgio Vasari que pintara tres frescos en la Sala Regia de los palacios papales escenificando la ejecución de Coligny y la muerte de los herejes. Tal como lo veía el Papa, la victoria de Lepanto sobre los turcos (el año anterior, 1571) y ahora la eliminación de los hugonotes eran magníficas noticias por las que había que dar públicas muestras de gratitud a Dios.

Para entender la entusiasta reacción de Gregorio XIII a las mortales noticias de París hay que situarse en el escenario político – religioso en el que se hallaban inmersos los Papas del siglo XVI. El Papado había concluido el Concilio de Trento en 1564 con el desafío de recuperar la Europa del norte y barrer con los protestantes. Pero Pío IV (1559-1565) no había podido ver materializado este objetivo y su sucesor, Pío V (1565-1572), había tenido que contentarse con la victoria naval sobre los turcos en Lepanto, que de todos modos seguían siendo una amenaza instalados en los Balcanes. Coronado en mayo de 1572, Gregorio XIII imprimió un giro a la política exterior de Roma; la expulsión de los turcos de Europa parecía una empresa mucho más difícil comparada con la meta de recuperar los países donde se había impuesto la Reforma, cuestión que se transformó en su gran objetivo político en el continente. Gregorio se apoyó en la alianza con Felipe II, el rey español, y la labor internacional de los jesuitas, dos elementos fundamentales de su estrategia para derrotar a los protestantes. Su política exterior no dejó dudas de la determinación del Papa para combatir a los herejes. En esto Gregorio XIII continuó y profundizó la política de intervención iniciada por Pío V en los países donde había presencia protestante. Ya en 1570 Pío V había excomulgó a Isabel I, la reina de Inglaterra, quien se había desplazado tímidamente hacia la defensa del protestantismo inglés. Pío V intentó sacar del trono a Isabel – técnicamente, dar un golpe de estado – publicando la bula Regnans in excelsis, documento por el cual liberaba a los súbditos ingleses de su juramento de lealtad a la reina y alentaba de esta manera un alzamiento para derrocar a Isabel I. Gregorio XIII continuó esta política, pero como no se produjo el alzamiento inmediato apeló entonces a los planes de Felipe II para invadir y destronar a Isabel; impaciente por las demoras de Madrid decidió organizar por su cuenta dos expediciones, en 1578 y 1579, para sublevar a la población y acabar con la reina hereje. Pero todas estas intentonas fracasaron, si bien no está claro si el Papa intervino en el posterior complot para asesinar a la reina en 1582. Como fuere, la reina de Inglaterra resultó incombustible a todos los planes papales para asesinarla o destronarla. Comprensiblemente, el Papado no estaba dispuesto a tolerar el mismo resultado en Francia. Pío V intercedió ante la corte parisina para que se negase toda concesión de tolerancia o aceptación de la práctica religiosa de los protestantes. Para Pío V la única solución posible a la cuestión religiosa en Francia era la supresión total de la herejía: nada de acuerdos, nada de tolerancia; había que terminar con todo rastro de protestantismo.

En esta enrarecida atmósfera de conspiraciones, complots y sublevaciones, que a su vez deben verse como parte de la respuesta militar que el Papado propiciaba para acabar con la Reforma, se inserta el episodio de la matanza de San Bartolomé, que puede considerarse como el más exitoso de los esfuerzos católicos en tal sentido. ¿Participó Gregorio del objetivo de matar a la mayor cantidad de hugonotes posible? ¿Alentó y celebró la matanza? La defensa católica tradicional ha rechazado tajantemente estos hechos y los atribuye sólo a la imaginación afiebrada de los extremistas protestantes. Veamos cuál es el argumento de la defensa católica de Gregorio XIII ante la matanza.

Según los apologistas católicos, todos los actos de celebración que realizó Gregorio XIII se explican por la información parcial que tubo de los hechos en Francia. De acuerdo a la enciclopedia católica, Gregorio XIII recibió en los primeros días de septiembre de 1572 las noticias de la muerte de Coligny y los cabecillas hugonotes en París. Su alegría y los actos de celebración que ordenó se explicarían porque los líderes hugonotes asesinados estaban planeando un complot para acabar con toda la familia real francesa, incluidos el rey y la reina, para instaurar así un gobierno protestante en Francia. Los conjurados de la noche de San Bartolomé simplemente se adelantaron a los protestantes y los liquidaron antes. Esta victoria católica llenó de alegría al Papa, quien ordenó entonces los actos de celebración ya mencionados. Cuando posteriormente se conocieron en Roma los detalles de la masacre, el Papa quedó consternado, al punto que se negó a recibir al asesino de Coligny, demostrando así su rechazo a la matanza.

Vale la pena aclarar ciertas cosas en esta historia. Primeramente, los Papas eran astutos operadores político – militares de la época. Hoy se nos ha vendido la imagen de los Papas actuales como mensajeros de la paz y luchadores incansables por el diálogo y el respeto a la vida humana. Bueno, los Papas del siglo XVI estaban en otro cuento; ya sea en la batalla de Lepanto, en los complots para asesinar a Isabel de Inglaterra o en los planes para acabar con los hugonotes franceses, los antecesores de Gregorio XIII actuaron ante todo como líderes político-religiosos y militares. Sus tareas incluían reclutar soldados, equiparlos con armas, alimentarlos y proveerles transportes, a la vez que suscribir tratados y acuerdos diplomáticos para asegurar el éxito de sus campañas militares. Los Papas tenían a sus órdenes generales, oficiales e ingenieros militares que construían sus fortificaciones y administraban sus arsenales. Los Papas eran por cierto líderes religiosos, pero si la religión de alguien se apartaba de la enseñanza católica, los Papas no dudaban en recurrir a la guerra e imponer sus ideas por la fuerza de las armas si era necesario. En segundo lugar, si el júbilo de Gregorio XIII se explica no por la matanza sino sólo por la muerte de Coligny y los principales líderes y nobles hugonotes, hace poca diferencia al hecho de fondo, que es el que a esas alturas el Papado era una fábrica de complots internacionales para eliminar a la mayor cantidad de protestantes que fuera posible. Sublevarse contra una reina, asesinar a los líderes de la oposición religiosa o negarse a cualquier forma de tolerancia con los disidentes, todas ellas actitudes impulsadas y financiadas por el Papado, son hechos bastante contundentes para definir el perfil y la moral de los Papas del siglo XVI. Por último, si Gregorio XIII participó o no en la planificación de la matanza, si se alegró sólo por la muerte de los cabecillas o por la totalidad de las víctimas, todas estas posibilidades encajan perfectamente en los actos de sus predecesores; no hay ninguna razón para creer que Gregorio XIII se iba a escandalizar en particular por unas muertes más o menos; después de todo, la respuesta papal al Protestantismo fue siempre la guerra total, la destrucción absoluta de los herejes; para los Papas no cabían acuerdos, componendas o tolerancias, nada que no fuera la supresión de la herejía, por las buenas o por las malas. Al menos en los luctuosos sucesos de agosto de 1572 la monarquía francesa estuvo a la altura de lo que esperaban los Papas de la época de un rey católico.

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