Camello

La teología camélida

En su notable comentario escatológico “Apocalipsis y Profecía”, Juan Stam, prestigiado pastor y escritor evangélico, se detiene en su capítulo de introducción a considerar la importancia de entender las señales de los tiempos como un factor fundamental que distingue a una buena teología. Con un juicio claro y contundente Stam apunta que “los teólogos realmente grandes han sido los que mejor entendían los tiempos en que vivían.” Stam incluye como ejemplos de este caso a los reformadores del siglo XVI y a nombres famosos del pasado: San Agustín, San Anselmo y Tomás de Aquino. Sobre este último afirma que “comprendía a fondo la crisis del aristotelismo en el siglo XIII y supo responder brillantemente.” Quizás esta última frase exprese, a la pasada, la posición de algunos evangélicos con respecto a lo que pasaba en la teología medieval. Es cierto que para la mayoría de la población evangélica la teología previa a la Reforma pueda ser de poco interés y muchas veces es derechamente ignorada, pero lo que sucedió en los siglos que precedieron a Lutero es clave para entender tanto la Reforma misma como la compleja relación entre ciencia y teología que hemos heredado hasta hoy. Vale la pena poner más atención a ese capítulo de la historia de la teología y ver si por ahí coincidimos o no con el juicio de Stam acerca de Aquino y compañía.

Hace tiempo que la teología ha perdido atractivo en el mundo cristiano, situación que lamentablemente se agudiza en el medio evangélico latinoamericano por muy variadas razones. Por estas latitudes abundan los pastores carismáticos, cantantes solistas y en grupos, música (mucha música), evangelistas mediáticos, pero casi nada de teólogos. No es que lo demás sea malo o innecesario, pero es bueno recordar que no puede haber verdadera vida cristiana sin teología. La teología es clave para entender la historia cristiana y, particularmente, para desentrañar la fantástica relación entre el cristianismo y la historia de la ciencia. Pero la cuestión aquí no es cualquier teología, sino buena teología. ¿Cómo entonces hallar esta buena teología? Las escrituras, obvio, como siempre están ahí para auxiliarnos. Incluso por vía de descarte podemos aprender a identificar qué es una mala teología. Un ejemplo vívido de esto se nos presenta en la imagen de Jesús en la polémica contra los fariseos. En un encendido y extenso discurso que rescata Mateo 23, vemos a un Jesús que expresa una dura crítica contra este partido religioso judío. La lectura nos revela que mucho de las enseñanzas y prácticas de los fariseos son objeto del rechazo de Jesús por entender que se apartaban de las escrituras, o por ser derechamente un agregado, un invento farisaico. En un ejemplo más de esa veta inagotable de Jesús para ilustrar sus palabras con imágenes de la vida real leemos: ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello (Mateo 23:24). Suponemos que a los fariseos presentes no debe haberles causado mucha gracia que sus enseñanzas – que ellos consideraban del mayor valor – fuesen relacionadas con un insecto y un animal de trabajo, aunque tal vez a esas alturas nada en el discurso de Jesús podría haberles hecho sonreír. Elaborada al calor de la discusión pública, la ilustración es un modelo de gracia y fuerza de las palabras del Maestro. ¿Qué podría ser más insignificante que colar el mosquito? ¿Qué podría ser más descabellado que tragarse el camello? Jesús había tenido tiempo de sobra para observar las vidas de los fariseos – incluidas sus enseñanzas, su teología – y lo que vio no le gustó para nada. Por desgracia había mucho de insignificante y de descabellado en la propuesta de los fariseos, quienes profesaban ser los maestros del pueblo, los que enseñaban la palabra de Dios. Para Jesús un maestro de la ley de Dios debe ser fiel a las escrituras y al ideal evangélico que él encarnaba; la enseñanza de los fariseos, la teología farisaica, iba por otro camino; era una teología del mosquito y del camello, una teología de lo insignificante y lo descabellado. Una teología que no enseña al pueblo la palabra de Dios es una teología inútil.

La teología medieval es una aventura fantástica y sorprendente, qué duda cabe; fue escribiéndose con mano lenta, a lo largo de los casi eternos siglos del medioevo; presenció con solemnidad la pausada y segura construcción de las hermosas catedrales; fue testigo privilegiado de ese terrible frenesí bélico de las cruzadas y desde el silente mundo de sus conventos debe haber escuchado los gritos de los infelices que pagaban con sus vidas la desobediencia eclesiástica. Desde el siglo X la teología escolástica fue eso; pero además fue mucho más que eso, fue el primer esfuerzo sistemático y más o menos organizado por rescatar el legado cultural grecorromano; por sus manos pasó todo el saber y el conocimiento del mundo antiguo, recuperado primero por los árabes y los judíos, traspasado luego a los cristianos a través de traducciones de la más diversa calidad imaginable. Sin duda que en un sentido tenemos una deuda con los teólogos escolásticos, pues ellos volvieron a enseñar la ciencia griega en occidente después de muchos siglos y, sobre todo, lo más importante para la Europa de entonces, recuperaron a Aristóteles. Tomás de Aquino goza de la reputación de haber sido el mayor de los teólogos escolásticos por haber coronado la cristianización de la filosofía del genial estagirita; gracias a él por fin ahora Aristóteles y la Biblia están en paz, el cristianismo medieval puede seguir feliz su vida cotidiana.

Si consultáramos a quienes enseñan hoy filosofía y ciencias, muy probablemente encontraríamos un generalizado reconocimiento si no a todos por lo menos a un buen número de teólogos medievales, precisamente por este trabajo de recuperación de la ciencia y el saber antiguos. Esta labor, aunque resistida en un principio, se reveló luego tan exitosa que terminó por difundirse a todas las escuelas teológicas de las universidades europeas; a la larga, toda la actividad cultural, artística e incluso política se vio afectada por el redescubrimiento de los antiguos sabios griegos y romanos, especialmente por el impacto creciente del aristotelismo. El efecto acumulativo de este impacto terminaría por ayudar a desencadenar finalmente ese gran proceso llamado Renacimiento, cuando el aristotelismo se vio desbordado por la curiosidad europea en todos los campos del saber que había contribuido a educar durante los siglos medievales. Aún teniendo presente que este aristotelismo no era otra cosa que Aristóteles visto a través de los lentes de los teólogos medievales, no el verdadero Aristóteles pagano de la antigüedad, permanece el hecho de que los teólogos de la edad media cumplieron un rol educativo trascendente en definir la cultura europea de aquellos siglos.

Dicho todo lo anterior, hasta aquí no hemos hecho más que repetir el reconocimiento histórico de la labor y el papel que jugó la teología medieval. Con seguridad que estas líneas de reconocimiento serían aprobadas por historiadores, arquitectos, artistas, profesores universitarios, ingenieros, médicos, artesanos, constructores, economistas y varias otras profesiones y campos de investigación que se han beneficiado directa e indirectamente de la herencia dejada tras de sí por los teólogos medievales. Pero incluso todo esto no puede hacernos perder de vista qué es realmente lo que justifica a una teología. Lo que queremos decir puede manifestarse más claramente dándole otro vistazo al período medieval. Mientras la teología medieval se consagraba al estudio de Aristóteles para definir materias como por ejemplo la demostración de la existencia de Dios, o la definición de los campos de las ciencias, o las normas del arte religioso que decoraba las iglesias, o la justificación del poder papal o de la clase sacerdotal sobre el poder político, o la justificación moral de la guerra contra los sarracenos y los herejes, o de la necesidad de la caza de brujas, mientras todas estas cosas centraban la discusión de los teólogos medievales, pasaban otras muchas cosas terribles, muy terribles, en la “iglesia” medieval. En las mismas narices de los teólogos medievales, entre la lectura de Aristóteles y la traducción de otros autores griegos, una estructura monstruosa terminaba por construir su edificio de poder religioso y político. Con Inocencio III esa estructura – la clase sacerdotal – alcanzaba el clímax de su poderío en la historia. Para entonces la salvación se convirtió en un asunto de dinero, la construcción de catedrales en un pasaporte para el cielo, la muerte de los infieles y herejes en una prueba de fidelidad cristiana y el enriquecimiento material de la iglesia en una demostración de la bendición divina.

Para el lector evangélico es evidente que cualesquiera fueran los pergaminos culturales o educativos de la teología medieval, cualesquiera fuesen sus aciertos en leer e interpretar a Aristóteles, la verdadera piedra de tope de toda teología es su fidelidad en el estudio de las escrituras, su capacidad para traspasar al pueblo la pura enseñanza de los evangelios, en la confianza de que un pueblo educado en las escrituras construirá una sociedad nueva, una sociedad según el ideal de Jesús. Desafortunadamente los teólogos medievales estaban demasiado preocupados de traducir y discutir los textos filosóficos griegos y el pensamiento de Aristóteles, estaban obsesionados con vestir al estagirita de ropajes cristianos, en suma, estaban “colando el mosquito”; mientras estas disquisiciones ocupaban gran parte de su tiempo, por otro lado, asistían pasiva o activamente a un experimento de cristianización realizado a la escala del continente europeo, pero con doctrinas y dogmas que poco o nada tenían que ver con el evangelio simple y sencillo de Jesús, es decir, estaban “tragando el camello.” Porque aquí no hay que perderse; al final no importa tanto el juicio encomiástico de los textos de filosofía y de historia sobre los teólogos medievales, importa más, mucho más, la opinión de aquellos cientos de miles o millones que vivieron y murieron engañados por sus propios pastores, aquellos hombres y mujeres que confiaron que sus donaciones de dineros y terrenos, de propiedades y familias les abrirían las puertas del cielo, tal y como les enseñaban los maestros de teología medievales. A aquellos pobres infelices que lucharon y murieron en las cruzadas porque les dijeron que “Dios lo quiere”, a ellos habría que preguntarles ahora qué opinan sobre sus pastores y doctores de la época, sobre sus Tomás de Aquino y compañía que les avivaron esta fiesta de mentiras de una escala colosal, pocas veces vista en la historia humana. Como antes con los fariseos, la teología medieval tuvo sus luces y sombras, pero el resumen final es lastimosamente malo. No podemos compartir la opinión de Stam sobre Tomás de Aquino de que “comprendía a fondo la crisis del aristotelismo en el siglo XIII y supo responder brillantemente”, salvo que nos refiramos sólo a aspectos relativos al estudio de la filosofía aristotélica; pero ya hemos visto que una buena teología debe destacarse por su capacidad para instruir al pueblo en la palabra de Dios y aquí, por desgracia, Aquino y la mayoría de los teólogos medievales arrastraron a su gente en un tremendo engaño, el engaño de la teología del mosquito y el camello.

Este artículo se publicó originalmente en Teologías y Ciencias en junio de 2010.

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