23 Geopolítica Religiosa: China, Estados Unidos y el emperador Constantino

Estamos en diciembre de 2021 y este es el programa 23 del podcast, “Geopolítica Religiosa: China, Estados Unidos y el emperador Constantino”. Supongo que este título te sonará un tanto insólito ¿verdad? Después de todo, ¿qué tiene que ver un emperador romano, Constantino, con las potencias del siglo XXI como China y EE. UU.? Bueno, ocurre que hay un cierto paralelo, digámoslo así, entre el bajo imperio romano, la época en que reinó Constantino, y las superpotencias de nuestros días. ¿De qué estamos hablando? Te lo cuento a continuación.

El ascenso de China en los últimos años ha sido impresionante. Su acelerado crecimiento económico ha sostenido el desarrollo en el resto del mundo a la vez que le permitió sobrepasar a potencias como Gran Bretaña, Alemania y Japón, hasta llegar a convertirse en la segunda economía del mundo, sólo superada por Estados Unidos. Pero todos los estudios e investigaciones de los expertos coinciden en que, dentro de pocas décadas, con seguridad para mediados de este siglo, China se convertirá en la primera potencia cuando su economía sea mayor que la norteamericana. Al momento actual China y Estados Unidos son los dos grandes actores que mueven los hilos del mundo, bueno, del mundo y del espacio, porque la rivalidad de ambos por la supremacía total se extiende incluso más allá de nuestra atmósfera como lo informan las noticias sobre las expediciones al espacio.

Ahora bien, un aspecto de la China comunista que por lo común tiene escasa presencia en las noticias es el de la religión. ¿Qué pasa con la religión en la China actual? Se trata de una cuestión muy interesante considerando que, siendo un país gobernado por el partido comunista, la tradición marxista es muy determinante a la hora de degradar la religión, ignorarla o perseguirla abiertamente. Después de la II Guerra Mundial vino la guerra civil en la que se enfrentaron los nacionalistas dirigidos por Chiang Kai-shek contra los comunistas de Mao Zedong. Como es sabido, Chiang fue derrotado y debió refugiarse en Taiwan, mientras que el vencedor Mao se quedó con todo el país y fundó la China comunista. En un principio Mao siguió la clásica política marxista ya conocida en la Unión Soviética de perseguir y destruir toda forma religiosa o bien reducir las expresiones religiosas a su mínimo posible. Mao persiguió por igual tanto las religiones extranjeras – cristianismo – como las locales – confucianismo. El clímax de esta política anti religiosa se alcanzó durante la tristemente célebre “Revolución Cultural” (1966-76), que destruyó templos, estatuas, libros, inscripciones y todo tipo de arte de las diversas religiones practicadas en el país y de la que no se salvaron ni siquiera las religiones nativas, como el confusianismo. Un detalle interesante de esta historia es lo que ocurrió con el confucianismo. Mientras Chiang Kai-shek convirtió a Taiwan en un centro de refugio del confucianismo chino, para Mao el confucianismo no sólo estaba desacreditado por su conexión con el viejo orden monárquico y feudal, sino que además el líder comunista asociaba esta religión con grupos intelectuales, incluso dentro del partido comunista, intelectuales a los que veía con sospecha y por quienes sentía el mayor desprecio. A decir verdad la descalificación pública del confusianismo había precedido a Mao. El movimiento 4 de mayo – llamado así por una serie de revueltas y matanzas que tuvieron lugar el 4 de mayo de 1915 – se caracterizó, entre otras cosas, por un fuerte ataque contra el confusianismo, al que los partidarios de este movimiento nacionalista condenaban como una suerte de superstición ancestral incompatible con la ciencia y la democracia moderna. Algo de esa semilla fue lo que retomó Mao posteriormente, pero ahora en lenguaje marxista. Para Mao Confucio era el arquetipo del pensador reaccionario y anti revolucionario; en conclusión había que borrar al confusianismo. Como apuntan varios expertos detrás de esta dura persecución anti religiosa yacía una profunda ironía, porque el líder chino quería eliminar las religiones convencionales para sustituirlas por el culto a su propia personalidad, el culto a Mao.

Tras la muerte de Mao en 1976 las cosas comenzaron a cambiar lentamente. En 1978 llegó al poder Deng Xiaoping, antiguo dirigente comunista que había sufrido las purgas de Mao, siendo excluido del partido; las vueltas de la vida, Deng gobernó el país por una década, hasta 1989. Es difícil exagerar la importancia de Deng Xiaoping en esta historia. Deng encabezó un giro copernicano en la China comunista y maoísta al abandonar la economía estatal planificada heredada de Mao y abrir las puertas del país al sistema económico capitalista. Todavía se discute y se seguirá discutiendo por qué Deng dio este paso tan revolucionario, nunca mejor dicho. Quizás fue una medida desesperada ante la enorme pobreza del pueblo chino, resultado de las políticas estatistas aplicadas por Mao; quizás una reacción ante el enriquecimiento económico de sus vecinos capitalistas como Japón, Corea del Sur, Hong Kong o Singapur, o quizás Deng siempre fue un “capitalista escondido”. Sea lo que fuere, lo cierto es que poco a poco el país comenzó a abrirse a políticas de mercado, primero experimentando en la región vecina a Hong Kong y después extendiendo el experimento a otras regiones. Deng logró convencer a los líderes comunistas que de la mano con este proceso vendría aparejado cierto grado de “desigualdad” inevitable, pero que habría que tolerar mientras el proceso estuviera bajo la firme mano del partido. A más de cuarenta años de distancia, podemos ver que la arriesgada apuesta de Deng Xiaoping resultó más que exitosa, al punto que el país, como decíamos al principio, ya es la segunda economía del mundo y se prepara para disputar la hegemonía mundial a USA en las próximas décadas. Ahora bien, lo interesante para nuestro análisis es que esta metamorfosis en la economía también se extendió, hasta cierto punto, al ámbito religioso.

Bajo el gobierno de Deng dio inicio una modesta apertura en materia de libertad religiosa. En 1979 se reabrió la Oficina de Asuntos Religiosos, la misma que había sido suprimida durante la Revolución Cultural de Mao. Protestantes, católicos, taoístas, budistas, confucionistas y musulmanes, todos pudieron salir de las catacumbas. Se puso fin a la destrucción de templos que había caracterizado el periodo final de Mao e incluso a los monjes se les permitió volver a los monasterios y retomar sus ritos y ceremonias. En lo que compete a los cristianos, las iglesias también experimentaron un pequeño alivio. Deng estaba interesado en tener las mejores relaciones con el exterior y en especial con Estados Unidos, así que estas medidas de alivio a los creyentes sin duda que sumaban en esa dirección. Desde los años de Deng se abrieron o reconstruyeron templos, santuarios, iglesias y mezquitas. Junto a estos cultos oficiales surgen otras prácticas religiosas, como el fenshui y el popular yoga, por ejemplo.

Ahora bien, no deja de ser sorprendente revisar las religiones que son reconocidas por el estado chino: budismo, taoísmo, islam, protestantismo y catolicismo. Cinco religiones, de las cuales la más importante, el budismo, es de origen extranjero, y entre las que no aparece una originaria de China, el confucianismo, la misma a la que Mao trató con particular dureza.

Ahora bien, a medida que la apuesta económica iniciada por Deng Xaioping  comenzó a dar fruto con el paso del tiempo, China fue escalando en el comercio internacional hasta alcanzar a las potencias occidentales. Cuando  sobrepasó a Japón y se convirtió en la segunda economía del mundo hace algunos años, la relación con Estados Unidos experimentó un cambio sustancial, pues desde entonces la super potencia norteamericana ve a China como su principal adversario en el escenario mundial. La presidencia de Donald Trump fue sin duda la expresión más concreta de esta nueva competencia entre los dos titanes. Esta tensión política, económica y militar iba a tener consecuencias también, tal como en el pasado, en el campo religioso.

A medida que se instala una creciente rivalidad entre Estados Unidos y China en las primeras décadas del siglo XXI, la situación religiosa en China comienza otra vez a cambiar. Como vimos antes, Deng Xiaoping aflojó las restricciones religiosas en las últimas décadas del siglo pasado y un giro inesperado de esta historia fue el resurgir del confucianismo después del año 2000. Parece un resultado inesperado ¿verdad? Considerando la denostación del confucianismo en China durante gran parte del siglo XX y la despiadada persecución que Mao impulsó contra Confucio y sus seguidores, cuesta creer que hoy en día el confucianismo goce de tan buena salud. Tan bueno fue este renacer que el confucianismo cuenta al día de hoy con el respaldo nada menos que de Xi Jinping, el segundo hombre más poderoso del mundo, después del presidente norteamericano, claro.

Entre diciembre de 2019 y marzo de 2020 el Museo Nacional en Beijing albergó una exposición sobre Confucio, algo inimaginable hace medio siglo, cuando Mao gobernaba el país. La fecha de la exposición es doblemente interesante si recordamos que fue justo el periodo en el que se extendió por el mundo la pandemia del COVID 19. Ya sabemos lo que pasó después y que desde ese momento se han multiplicado las críticas al gobierno chino por el origen, aún no completamente aclarado, de la enfermedad así como del manejo que las autoridades chinas tuvieron al comienzo de esta crisis. Todo este descalabro apuntaba en última instancia al mismísimo Xi, cuestionando su capacidad como líder de la nación. Es aquí donde varios investigadores ubican el rescate de Confucio en la China de Xi Jinping. Las enseñanzas de Confucio insisten en el respeto a los ancestros y la lealtad y obediencia al orden o la jerarquía social, en última instancia, la confianza y sujeción al gobierno. Esta vendría a ser la lectura de Confucio aprobada y respaldada por Xi y su gobierno y que se presenta como quintaesencia de la tradición y la cultura china. La doctrina confuciana incluso facilitaría la aceptación, por parte de la población, del orwelliano sistema de tecno – control o control tecnológico que permita a las autoridades suprimir la privacidad de sus ciudadanos casi sin protestas. Así que, a diferencia de Mao, Xi encontró en Confucio un gran aliado, un maestro 100% chino, sobre el cual sostener su propia presentación personal como el líder único e indiscutido de la nación. A tal punto ha llegado esta reivindicación de la figura y las enseñanzas de Confucio que desde hace unos años el confucianismo forma parte del “soft power” – poder blando – que despliega China por el mundo, encarnado en los Institutos Confucio. Un Instituto Confucio se presenta como una entidad sin fines de lucro, cuyo objetivo es promover los estudios sinológicos, esto es, el conocimiento de la historia y la cultura china y sobre todo la enseñanza del idioma chino, el chino mandarín, mediante cursos para aprender la lengua e intercambios de estudiantes que viajan a China para perfeccionarse. El primer Instituto Confucio fuera de China se abrió en Corea del Sur en 2004 y ya se encuentran en más de 160 países, así que tienen una enorme cobertura internacional; aquí mismo en Chile están los Institutos Confucio de la Universidad Santo Tomás y de la Pontificia Universidad Católica de Chile, ambos en Santiago. Entre paréntesis, estas instituciones no han estado exentas de polémica: en algunos países ya se han cerrado varios de estos institutos. Al menos hasta el año pasado había unos 90 Institutos Confucio en Estados Unidos, todos amenazados por la intención de Trump de cerrarlos porque su gobierno los declaró centros de espionaje del gobierno chino. En Australia también están bajo crítica, entre otras cosas, por la censura de ciertas noticias o aspectos de la historia china que o no se tratan o se distorsionan en estos establecimientos. En 2013 la Universidad de Sídney debió cancelar una visita del Dalai Lama debido a la presión del Instituto Confucio y es que estas instituciones dependen del Ministerio de Educación de China. Incluso hay una página web, stopinstitutoconfucio.com, que se dedica a denunciar a estas instituciones. Más allá de esta polémica, lo interesante es cómo Confucio y el confucianismo pasaron a formar parte del arsenal diplomático chino junto con la “diplomacia del Panda”, lo que algunos denominan el poder blando. El norteamericano Joseph Nye acuñó en 1990 el concepto de “soft power”, una manera de influir en otros países pero sin usar el poder militar, una idea que adoptó el presidente chino Hu Jintao en 2007 y que volvió a reivindicar el presidente Xi Jinping en el 18 Congreso del partido comunista chino en 2014. En el lapso de unas cuatro décadas el confucianismo pasó desde la denostación pública a convertirse en el rostro de la cultura china; no está mal ¿verdad?

Pero, así como el confucianismo aparece como una religión y filosofía afín a los intereses del partido comunista chino, otras en cambio caen bajo su mirada sospechosa.  El budismo, al menos en su versión tibetana, siempre ha estado en la lista negra por propiciar el nacionalismo en el Tíbet. Algo parecido ocurre con el islam, practicado por la población uigur que habita la provincia occidental de Xinjiang y que pone muy nerviosos a los líderes chinos debido a la potencial amenaza del terrorismo islámico. Y con respecto al cristianismo, aquí la cosa adquiere otros ribetes, puesto que el cristianismo es una religión de origen occidental, que está en la base de la civilización occidental, precisamente el tipo de civilización al que se contrapone el proyecto del partido comunista chino. Tal vez ello explica que a medida que se afianza la rivalidad entre China y Estados Unidos, se incrementa la presión sobre las iglesias cristianas. Los 12 millones de católicos chinos lo saben bien: el statu quo actual entre el Vaticano y Beijing establece que los obispos católicos deben contar con el beneplácito del gobierno ateo. Toda la información disponible indica que el acuerdo entre el Papa y Xi Jinping favorece definitivamente a los chinos mientras el Vaticano más bien guarda silencio ante lo que ocurre en China. Las iglesias protestantes en China tampoco lo pasan mejor, porque deben cuadrarse con las órdenes del gobierno para formar una iglesia nacional y reducir su relación de las iglesias en el extranjero, sobre todo las de origen norteamericano. En definitiva, la respuesta de China ante el problema que plantean sus ciudadanos cristianos es crear una iglesia nacional china, obediente al partido y que asegure lealtad al proyecto de la China comunista por sobre cualquier dependencia de organizaciones cristianas foráneas.

Bueno, este es un breve repaso a los aspectos religiosos de la actual competencia entre China y EEUU. Pero me preguntarás, ¿qué tiene que ver todo esto con el emperador Constantino y en general con nuestro tema, el cristianismo? Es una larga historia y en el próximo programa y segunda parte de este tema vamos a revisar qué lecciones podemos aprender de ese distante pasado. Bien, no quiero despedirme sin antes agradecer si has escuchado hasta aquí y por cierto desear de todo corazón que tengas una feliz navidad con tu familia y que el próximo año sea mucho mejor que el actual. Que disfrutes y hasta el próximo programa si Dios quiere. Chao.

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