TYC 24 Ruinas de Palmira

24 ¿Qué tienen en común Estados Unidos y China con Roma y Persia?

Hoy vamos a encarar la segunda parte de este tema que comenzamos en el último programa, donde repasamos los alcances de la creciente competencia entre las superpotencias, China y Estados Unidos, siendo nuestro interés la dimensión religiosa de dicha beligerancia, un ámbito en el cual dibujamos una serie de aspectos que, tal como veremos hoy, presentan interesantes y sorprendentes paralelos con un olvidado capítulo de la antigüedad que enfrentó al imperio romano y al imperio persa sasánida. A continuación los puntos principales de este tema.

¿Quién era Constantino y cómo llegó al poder? Vamos a nuestro personaje del día, Constantino, conocido como el primer emperador cristiano de Roma (revisa también la inclusión de Constantino en la revolución ascética y en el proceso de cristianización del imperio romano). Este famoso emperador de Roma gobernó entre los años 306 al 337, por espacio de tres décadas. Si consideramos a los antecesores de Constantino, un reinado tan largo es ya de por sí un gran logro. En el siglo III, la centuria que antecedió a Constantino, el imperio romano sufrió una de sus peores crisis, lo que se reflejó en la inestabilidad política, con emperadores que gobernaron por algunos meses o semanas, incluso por unos cuantos días. La mayoría de ellos murieron asesinados o en medio de las muchas guerras que desangraron al imperio, lo que explica los breves reinados y la alta rotación de quienes se vistieron la púrpura imperial. Esta inestabilidad fue de la mano con el fantasma de la división del imperio, cuando algunos jefes militares se apropiaban de ciertas provincias para constituir sus propios reinos independientes de Roma. De hecho, Constantino fue proclamado emperador por las tropas que estaban en las islas británicas tras la muerte de su jefe y padre de Constantino, Constancio. Desde el 306 Constantino inició un lento proceso para reunificar el imperio bajo su único mando. En el 312 derrotó a su cuñado Majencio, que murió en la batalla del puente Milvio, de la que surgió la leyenda de la visión divina que Constantino tuvo la noche anterior y que habría gatillado su conversión al cristianismo. Convertido en emperador de occidente, años más tarde, en el 324, se enfrentó en una guerra contra su otro cuñado Licinio, emperador de oriente, al que derrotó y tras lo cual reunificó el imperio romano como una sola unidad bajo su reinado. Así que Constantino triunfó allí donde habían fracasado sus antecesores: logró la estabilidad política al reunificar el imperio y extender su reinado a lo largo de tres décadas. De paso, Constantino dio otro giro importante por el cual la historia le reconoce un lugar especial: privilegió a los cristianos y con ello se le atribuye el inicio de la cristianización oficial del imperio romano.

¿Cómo eran las relaciones entre Roma y Persia antes de Constantino? Bien, esta es la visión general de Constantino y su reinado, pero lo que a nosotros nos interesa aquí es un capítulo particular que tuvo lugar en la frontera oriental del imperio, allí donde Roma se encontraba con Persia. En esa región del oriente, el imperio romano se enfrentó con otro poder a su altura: el imperio parto. Los partos gobernaron un enorme imperio por casi cuatro siglos, hasta que en el siglo III fueron desplazados por los persas, que dieron inicio al imperio persa sasánida. Los persas sasánidas soñaron con restablecer el imperio de sus ancestros, el imperio persa aqueménida, el imperio que se extendió por Europa, Asia y África y que fue destruido por Alejandro Magno. Así que los sueños del nuevo imperio persa sasánida los llevó inexorablemente a chocar con Roma, porque los territorios que querían anexionarse eran provincias romanas. Varias guerras se sucedieron entre ambas superpotencias, en las que Roma sufrió derrotas humillantes, pero también cosechó éxitos notables, uno de los cuales fue la guerra de los años 296 a 297. En esa guerra estuvo en disputa la zona fronteriza de Armenia y Mesopotamia y terminó con un triunfo aplastante del ejercito romano. Vale la pena consignar que durante los años que comprende esa guerra, mientras su padre gobernaba en Inglaterra, Constantino era un joven oficial del ejército romano bajo las órdenes de Diocleciano y le tocó participar en las operaciones militares que se llevaron a cabo en ese conflicto. Hay antecedentes que indican que, probablemente en compañía de Diocleciano, Constantino tuvo un fugaz paso por Tierra Santa. Es un dato interesante si consideramos que Diocleciano es recordado, entre otras cosas, por desatar la última gran persecución contra los cristianos, la del año 305, que fue muy dura para la iglesia. Los dos jefes militares romanos, Diocleciano y Galerio, eran ambos enemigos del cristianismo y ambos fueron duros perseguidores de la iglesia. La corte de Diocleciano en Bitinia (actual Turquía) era un centro de defensa del paganismo grecorromano y allí pasó Constantino varios años. ¿Cómo tomó el joven Constantino esos acontecimientos? ¿Fue testigo de algunas ejecuciones de mártires cristianos? ¿Pudo haber tenido todo esto algo que ver con su posterior simpatía por el cristianismo? Preguntas que por el momento no tienen respuesta.

¿Qué fue el tratado de Nisibis? Bueno, cerramos este paréntesis y volvemos a la historia de la confrontación entre Roma y Persia. Dijimos que esta guerra fue mal para los persas y el rey persa, Narsés, pidió negociaciones con Diocleciano y el resultado fue el tratado de Nisibis, por el nombre de una importante ciudad en la región norte de Mesopotamia (la actual Nusaibin, en el extremo suroriental de Turquía), un centro militar y de comercio que controlaba las comunicaciones entre los dos imperios. Este tratado del 299 dejó Mesopotamia y Armenia bajo el control y la influencia romana y constituyó un duro golpe para los persas. Este era el tratado que estaba en vigor cuando Constantino derrotó a Licinio e incorporó bajo su poder las provincias orientales.

¿Cómo fue la relación de Constantino con Persia y con Sapor II? Durante casi todo su gobierno Constantino mantuvo la paz con los persas y con su rey Sapor II. Sapor era nieto de Narsés, el rey que había sido derrotado y que firmó el tratado de Nisibis. Sapor nació el 309 y fue declarado rey cuando aún no nacía, cuando su madre estaba embarazada. De modo que en parte esta prolongada paz se explica porque Sapor era un rey niño y los asuntos del reino los veía su madre y los consejeros reales. Recién el año 325 Sapor, con 16 años, inició su primera campaña militar, contra los árabes; su reinado de 70 años es uno de los más largos de la historia (la reina Isabel II lo igualaría si vive hasta el 2023), y bajo su mando el poder de Persia iba a ser muy fuerte. El año 325 es muy interesante porque, si eres aficionado a la historia del cristianismo, sabrás que ese año tuvo lugar el famoso concilio de Nicea (otra localidad situada en Turquía), un evento fundamental para entender la historia de la iglesia. De ese concilio salió el credo de Nicea o credo niceno, que estableció la doctrina de la Trinidad – Padre, Hijo y Espíritu Santo – como la columna vertebral de la fe cristiana. Ese concilio fue convocado ni más ni menos que… por Constantino, el emperador que quería poner orden en medio de las disensiones que enfrentaban a los seguidores de Atanasio y Arrio. Pero además hay un tercer acontecimiento que podría estar ligado a ese año 325.

Ocurre que Constantino escribió una carta al joven rey persa, una carta que ha dado lugar a una larga investigación y controversia entre los historiadores. ¿De qué trata esta carta? En primer lugar, digamos que la fecha de la carta es materia de discusión. No sé sabe en qué fecha exactamente Constantino escribió esta misiva, algunos piensan que fue hacia el final de su reinado, quizás antes del inicio de la nueva guerra entre ambos imperios. Pero otros expertos se inclinan por una fecha más temprana y varios postulan que Constantino debió escribirla el famoso año del 325. Sabemos de la carta porque partes o extractos de su texto son citados por el cronista Eusebio de Cesárea, quien es considerado como el primer historiador de la iglesia cristiana. Al parecer el emperador escribió la carta en latín y luego fue traducida al griego, según nos cuenta Eusebio, siendo esta versión en griego la que recibió el rey de Persia, dado que en la corte persa se entendía el griego. La polémica que rodea a esta carta se explica en parte precisamente porque no tenemos el texto completo así que hay que especular un poco acerca de los motivos que tuvo Constantino para escribirle al rey persa. Es interesante notar que la carta contiene una larga sección confesional, es decir, una sección en la cual Constantino se presenta como defensor de “la fe divina”, que participa “en la luz de la verdad” y que reconoce “la más sagrada religión”. Un paréntesis sobre esta última palabra, religión. En realidad, el texto dice “la más sagrada threskeia” y este término griego se traduce como religión. Esta traducción procede de una antigua tradición que ya encontramos en la traducción del texto griego del Nuevo Testamento, donde threskeia aparece cuatro veces. Por ejemplo, en Hechos 26:5 donde Pablo dice “conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión, viví fariseo”. Los otros pasajes son Colosenses 2:18, Santiago 1:26 y 27. En todos estos casos threskeia se traduce como religión o religioso. Sin embargo, religión no es la traducción más apropiada, porque como dice un historiador: “Los griegos no tenían un término para religión. Las aproximaciones más cercanas eran eusebeia (piedad) y threskeia (culto)”. Así que tomemos nota que threskeia se traduce mucho mejor como “culto” que como religión.

Volvamos a la carta de Constantino. Vemos que el emperador se presenta a sí mismo como defensor del culto divino y a continuación alude a aquellos de sus antecesores que persiguieron al Dios verdadero, a los que Constantino denomina “grandes tiranos”. Constantino agrega que esos “tiranos” que persiguieron a los seguidores del Dios verdadero terminaron mal su reinado, implicando así un castigo divino. Al final de su carta Constantino identifica a esa divinidad como el Dios cristiano y a sí mismo como el defensor de la iglesia. Esta redacción de la carta ha llevado a más de alguno a preguntarse si acaso los cristianos en ese momento sufrían persecución en Persia. Hay documentos antiguos que hablan sobre el rey Sapor persiguiendo a sus súbditos cristianos, pero todo indica que tales acciones tuvieron lugar a partir del año 339, es decir, mucho después de la redacción de esta carta en torno al año 325. Surge entonces la pregunta, ¿por qué Constantino redactó una carta de este tenor dirigida al rey persa? Una posible respuesta es que Constantino quisiera justificar su propio reinado como una prueba de la bendición divina. Recordemos que para llegar a convertirse en el único emperador de Roma y reunificar el imperio bajo su mando Constantino debió pasar por varias guerras y derrotar a los muchos enemigos que se interpusieron en su camino. Visto así, contrastado con el fracaso de sus antecesores, el éxito de Constantino es prueba de que el Dios cristiano estaba con él y le dio la victoria para formar un nuevo imperio cristiano. Al parecer Constantino no tenía ningún antecedente de que Sapor oprimiera a los cristianos, más bien explícitamente en la carta el emperador declara saber que hay varios cristianos en Persia y expresa sus buenos deseos de que esos cristianos prosperen y que así prospere también el rey de Persia, Sapor, a quien Constantino se refiere como “mi hermano Sapor”. 

¿Cómo era la situación religiosa en Persia? Se supone que la carta fue entregada al embajador persa y por su intermedio la carta llegó a la corte del rey Sapor. ¿Cuál fue la recepción de esta carta? ¿Cómo leyeron los persas esta acción diplomática del emperador romano? Lamentablemente no tenemos respuestas a estas preguntas porque no hay documentos que nos cuenten cuál fue la reacción de los persas. Lo que sí conocemos es la realidad religiosa que se vivía en la Persia sasánida. Desde hacía un siglo Persia era un hervidero de creencias y cultos. Al zoroastrismo heredado desde los tiempos de sus ancestros aqueménidas, en los últimos siglos se agregó una explosión de diversas corrientes religiosas. Desde la India habían llegado monjes budistas, mientras que cristianos y judíos habían penetrado desde la frontera romana. En realidad, los judíos vivían en territorio persa desde los tiempos del antiguo Testamento y la comunidad judía de Babilonia pujante, populosa y muy activa, mantenía continuo contacto con sus hermanos de Palestina. A toda esta mescolanza ya de por sí impresionante de cultos que se esparcían por Persia, donde encontramos a cristianos, judíos, budistas, mazdeístas y zoroastrianos, se agregó en el siglo III la aparición fulgurante de un nuevo predicador llamado Mani o Manes y cuya doctrina se iba a conocer como maniqueísmo. Mani aparece en escena justo en los inicios del nuevo imperio persa sasánida; al parecer era oriundo de Babilonia y sus padres estarían conectados con grupos que practicaban el bautismo judeocristiano quizás con rasgos gnósticos; Mani conocía bien las diferentes creencias que existían en su país y siendo joven viajó a la India para ampliar aún más su manejo de temas religiosos. A su regreso comenzó a predicar una nueva fe que por lo visto era una suerte de compendio que incorporaba elementos de esas diferentes religiones para resumirlas en lo que él creía era una revelación final, algo así como una religión universal que resumía lo mejor de todas y por tanto donde todos podían tener cabida. Contra todo pronóstico Mani logró la autorización del segundo rey persa, el gran rey Sapor I (241-272), para predicar libremente su nueva doctrina en el reino. Las cosas cambiaron con el hijo de Sapor, el rey Baram I (273-276), quien metió a la cárcel a Mani y lo trató muy mal; Mani finalmente fue ejecutado, porque los sacerdotes zoroastrianos veían ciertos aspectos del maniqueísmo como inaceptables y contrarios a las tradiciones persas. Para nuestra historia lo importante es consignar que la nueva religión de Mani, el maniqueísmo, fue muy exitoso en sus inicios porque se extendió rápidamente desde Persia hasta el Asia central y las fronteras de China por el oriente y hasta el imperio romano por el oeste, llegando a haber una comunidad maniquea en la misma Roma y donde arraigó en el norte de África y sobrevivió largos siglos en Egipto. No deja de ser curioso que en su afán por mantener al zoroastrismo como la religión nacional del imperio sasánida, los sacerdotes persas ayudaron a impulsar la expansión del maniqueísmo, convirtiéndolo en otra religión universal, como ya lo era el cristianismo. Este apretado resumen nos debiera confirmar lo que decíamos antes, que Persia era un hervidero de creencias y cultos variados, algunos de los cuales, como el maniqueísmo, estaban dispuestos a competir con el cristianismo como una fe universal.

Otro asunto importantísimo a tener en cuenta es la reacción del gobierno persa ante esta inundación de creencias y cultos. Como dijimos antes, lo que podríamos denominar el proyecto histórico de los persas sasánidas era la reconstitución del gigantesco imperio aqueménida de sus antepasados. Como parte de ese proceso los reyes persas se identificaron con el zoroastrismo, que vino a ser algo así como una religión nacional de la Persia sasánida. Pero la relación de los reyes persas con la jerarquía sacerdotal pasó por varios altibajos debido al parecer a una disputa por el poder entre los reyes y los sacerdotes zoroastrianos. Eso explicaría, por ejemplo, que Sapor I hubiera apoyado a Mani y de esa forma favorecido el nacimiento del maniqueísmo, una doctrina que competía con el poder de los sacerdotes zoroastrianos. Cuando el péndulo del poder giró y los sacerdotes ganaron ascendencia en la corte del rey Baram I, en especial el gran sacerdote Kerdir, el resultado fue la encarcelación y muerte de Mani; Kerdir no se conformó con la ejecución de Mani y persiguió a los maniqueos, los judíos, los cristianos, los budistas, los mazdeístas y en general a todo aquel que no siguiera las enseñanzas del zoroastrismo  lo que en todo caso no fue obstáculo para que el maniqueísmo siguiera expandiéndose en Persia y más allá de sus fronteras. Los judíos, por su parte, tenían una importante presencia en la región de Mesopotamia y en general, con excepción de la persecución de Kerdir, gozaron de una tranquila estadía bajo el poder sasánida, tal vez debido a su escaso número y a que no eran percibidos como una amenaza por el sacerdocio zoroastriano. Por eso no es extraño que la comunidad judía de Babilonia estuviera a la par de sus hermanos de Palestina y el Targum babilónico se convirtiera en un referente de las comunidades judías de la región. Tanto prosperaron los judíos que incluso algunos de sus integrantes se unieron a la familia real persa a través de enlaces matrimoniales. Pero si los judíos gozaron en general de un gran bienestar bajo el poder sasánida, con el cristianismo la historia siguió otro derrotero. Los cristianos se expandieron por esas tierras cuando todavía estaban bajo el gobierno de los partos. De manera que cuando llegaron los sasánidas en el siglo III, las comunidades cristianas estaban bien asentadas y por lo visto muy extendidas en el territorio. Recuerda lo que comentamos antes sobre Mani, las influencias judeocristianas sobre el fundador del maniqueísmo precisamente dan fe de esa difusión de las creencias de judíos y cristianos. Las iglesias siguieron sin ser molestadas mayormente durante un siglo, hasta que estalló la guerra del año 337 y entonces el equilibrio político y religioso cambió drásticamente.

¿Cómo afectó el cristianismo a las relaciones entre Roma y Persia? Recordemos que el tratado de Nisibis había fijado la frontera entre Roma y Persia, en términos ventajosos para Roma y perjudiciales para Persia. El joven rey Sapor II, nieto del rey que había firmado ese tratado, quiso renegociar o revisar el tratado, pero Constantino se negó de plano. El emperador romano intuyó lo que se venía, así que inició los preparativos para una guerra contra Persia. En eso estaba cuando lo sorprendió la muerte en mayo del 337, poco después estalló la guerra entre romanos y persas y otra vez el eje del conflicto giró en torno al dominio de Mesopotamia y Armenia. Un detalle interesante es que a comienzos del siglo IV el rey Tiridates IV de Armenia se convirtió al cristianismo, haciendo de Armenia el primer estado cristiano de la historia. En el 330 siguió la conversión del rey de Iberia (actual Georgia, en el Cáucaso); así que para el inicio de la guerra entre las dos super potencias, Persia se encontró de pronto con que había algo en común entre sus tres vecinos occidentales, romanos, armenios e iberos eran cristianos. No son pocos los que han resaltado este hecho y que quizás esta situación haya despertado las suspicacias de Sapor II con respecto a los cristianos. Como ya hemos dicho, había cristianos persas y esto podría haber llevado a pensar en la existencia de algo así como una “quinta columna” cristiana al interior del imperio sasánida, lo que habría despertado el temor de que los súbditos cristianos pudieran sentir más lealtad con el emperador cristiano de Roma que con su propio soberano. Recordemos que en su momento Constantino se sintió algo así como el defensor de los cristianos que vivían fuera del imperio romano, cuestión que también puede haber alimentado las suspicacias persas. Lo cierto es que hacia el 339 o 340 Sapor comenzó a perseguir a los cristianos que vivían en su reino. Es muy probable que la guerra contra Roma haya incidido en esta política religiosa del Shanhansha, el Rey de Reyes. Si bien parece que la persecución contra los cristianos fue muy dura durante su reinado, sus sucesores en el trono persa aprendieron que los cristianos estaban tan divididos entre ellos mismos que tal vez no eran esa amenaza que imaginaban. Lo cierto es que en el siglo V, esas divisiones en la iglesia cristiana llevaron a la escisión de un grupo de creyentes, seguidores de Nestorio, patriarca de Constantinopla, quien fue acusado de herejía y depuesto. Sus seguidores, conocidos como nestorianos, terminaron por ser expulsados del imperio y buscaron refugio en Persia. Las poblaciones cristianas de Siria y Mesopotamia ya tenían simpatizantes nestorianos, así que fue natural que se conformara una iglesia nestoriana, con su propia jerarquía eclesiástica, con sus propios concilios y su teología totalmente independiente y aparte de lo que ocurría en el imperio romano. Esto resultó ideal para los reyes persas, que abrazaron a este grupo separado de los cristianos de Roma y les dieron facilidades y seguridad para que organizaran esta iglesia nestoriana dentro del territorio persa, porque de esta manera se constituía una suerte de iglesia cristiana nacional persa, independiente del emperador cristiano de Roma. Por esta vía, los reyes persas se aseguraron que los cristianos que vivían en su territorio fueran leales a ellos y no tuvieran relaciones con las iglesias del exterior, eliminando cualquier posible peligro de traición o deslealtad. La historia posterior de los nestorianos es muy impresionante y daría para otro programa, pero lo que nos interesa aquí es destacar cómo la tensión político-religiosa entre Roma y Persia suscitada por la conversión al cristianismo, como parte de la geopolítica de estas superpotencias, se resolvió en el lado persa alentando y protegiendo una iglesia nacional independiente de las iglesias occidentales.

¿Cómo la religión afecta las relaciones entre China y Estados Unidos? Es aquí, entonces, donde podemos hacer un corte en esta historia y volver a los sucesos que relatamos en el programa anterior sobre la situación religiosa en China y la tensión producida por la condición de las iglesias chinas y sus contrapartes occidentales, en especial de Estados Unidos. Los paralelos son bastante sugerentes ¿verdad? De partida está la dinámica oriente – occidente, representada en la actualidad por China y Estados Unidos, mientras que en el mundo antiguo es la confrontación entre Persia y Roma; dos superpotencias que representan a civilizaciones en choque. En segundo lugar, está la presencia y la difusión del cristianismo. En la antigüedad vemos la extensión del cristianismo desde el imperio romano hacia el oriente, hacia Persia; hoy vemos un fenómeno similar desde occidente, sobre todo Norteamérica, hacia el oriente representado aquí por China. En tercer lugar, la reacción oriental ante esta influencia occidental. Los reyes persas persiguieron a los cristianos cuando sospecharon que las iglesias en sus dominios podrían ser leales a los reyes cristianos de occidente; al final estimularon la formación de una iglesia nacional independiente de las iglesias occidentales para asegurar la lealtad a sus gobiernos. De manera muy parecida, el gobierno de Xi Jinping ha presionado a católicos y protestantes para recortar sus lazos con el exterior y constituir una iglesia china independiente de las influencias extranjeras, leal y obediente al régimen chino. Por cierto que en este esquema hay también diferencias. Los persas se aprovecharon de las divisiones al interior de las iglesias para cobijar a la iglesia nestoriana; los chinos en cambio no están explotando un cisma entre los cristianos, ellos mismos quieren crear uno para cortar las relaciones entre los chinos cristianos y sus hermanos en el extranjero. La guerra que estalló a la muerte de Constantino aceleró estas transformaciones, que pilló a los cristianos en medio de la guerra entre las dos super potencias de la antigüedad. Qué duda cabe que en caso de un conflicto mayor entre China y Estados Unidos las iglesias también se verán atrapadas y serán víctimas colaterales de una eventual confrontación. Bien, pues, llegamos así al final de esta historia, a la que dedicamos dos episodios y que tenía por objetivo rescatar sucesos que afectaron al cristianismo de los primeros siglos, una etapa mayormente ignorada y desconocida en nuestros días, pero que sin embargo tiene mucho que enseñarnos, como creo que habrás podido ver a medida que desempolvamos estos acontecimientos del pasado y los comparamos con situaciones más o menos semejantes que nos toca presenciar en la actualidad. Volveremos en próximos programas a encontrarnos con Constantino y otros personajes de la época, entre otras razones, porque estamos muy cerca de conmemorar los 1700 años del concilio de Nicea, un hito que marcó la historia de la iglesia para siempre.


Créditos:

Amazing Grace 2011 Kevin MacLeod (incompetech.com)

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