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TYC 5 Tecnodelia: Tecnología, Sicodelia y Drogas en los Orígenes de Silicon Valley

En principio puede parecer extraño asociar a Silicon Valley con las drogas, pero si lo pensamos un poco tal asociación no es tan insólita. Después de todo, estamos casi todos los días conectados a Internet, incluso muchas horas al día, en lo que algunos especialistas comienzan ya a describir como un trastorno, para el cual se utilizan distintas terminologías; así escuchamos de ciberadicción o de ciberdependencia; en inglés se usa la sigla IAD por “Internet Addiction Disorder” o Desorden de adicción a Internet.

Se trata de una materia muy debatida por médicos, psicólogos, sociólogos, siquiatras y otros profesionales, en una discusión que es muy interesante y que sólo vamos a mencionar de pasada. Lo importante para nuestro análisis es el uso del término adicción para describir el comportamiento o la relación entre las personas e Internet y los smartphones. Existen varias versiones sobre la etimología del término “adicción”, que procede del latín adictus, pero casi todas coinciden en que el concepto alude a alguna dificultad o imposibilidad de decidir libremente. Como veremos luego, a comienzos del siglo XIX comenzó a usarse este término para referirse a quienes desarrollaban cierto grado de dependencia al consumo de opio y más tarde se usó en general para describir a quienes consumían regularmente algún tipo de droga. Que los científicos del siglo XXI recurran al concepto adicción para aludir a cómo algunas personas interactúan con Internet o equipo tecnológicos nos permite hacer un primer puente entre las nuevas tecnologías y las drogas. Usted bien podría decir que esta conexión es entonces metafórica, resultado del uso de un lenguaje figurativo para comparar cómo los seres humanos nos relacionamos con las drogas y con la tecnología digital. Pero como vamos a documentar a lo largo de este capítulo la relación entre Silicon Valley y las drogas no es puramente figurativa. Como vimos en el capítulo anterior, los orígenes de Silicon Valley nos conectan con la contracultura hippie de los años 1960s y si hay algo que los hippies compartieron en general fue el consumo de… drogas.

Las drogas han acompañado a la humanidad desde tiempos ancestrales. Así, por ejemplo, drogas de origen natural, derivadas del cultivo de diversos productos vegetales, fueron asociadas a prácticas médicas o religiosas, ya sea como analgésicos, anticonceptivos o afrodisíacos. Un buen ejemplo es el opio, componentes recurrente en la medicina griega y romana (Omero alude al opio en la Odisea). Los árabes continuaron su uso en la Edad Media y más tarde también la Europa renacentista. En 1680 el doctor Sydenham escribía: “Entre todos los remedios que ha complacido a Dios Todopoderoso dar al hombre para aliviar sus sufrimientos, ninguno es tan universal y eficaz como el opio”. En el siglo XIX los europeos agregaron al opio (y su derivada, la morfina) nuevas drogas, como la efedrina, procedente de Asia, y la coca (y su derivada, la cocaína) de América, destinadas a servir como analgésicos, para mitigar trastornos digestivos o tratar problemas de salud mental. Recomendadas por médicos, estas drogas eran usadas por toda la población (desde 1884 Freud comenzó a recomendar cocaína a algunos de sus pacientes). En 1863 un químico italiano patentó el Vin Mariani, un vino que contenía hojas de coca y que se vendía como un tónico saludable; recomendado nada menos que por el Papa León XIII, lo usaron además la reina Victoria de Inglaterra, Alfonso XIII de España, el presidente Ulises S. Grant de Estados Unidos; también artistas como Julio Verne, Alejandro Dumas, Emile Zolá, Robert Louis Stephenson. Algunos creen que Louis Carroll pudo haber estado bajo el efecto de algunas drogas cuando escribió “Alicia en el país de las maravillas”. Fue tal el éxito de Vin Mariani que incluso en Estados Unidos un farmacéutico, John Pemberton, creó en 1886 la Coca-Cola, una versión gringa de jarabe medicinal en base a la coca. Tabletas de cocaína acompañaron las expediciones de Shackleton y Scott en la Antártica. En medio de esta atmósfera es importante notar el caso del sicólogo y filósofo norteamericano William James, que a fines del siglo XIX experimentó con alcohol y óxido nitroso y que resumió las vivencias místico-espirituales que le proveyeron estas sustancias en “The Varieties of Religious Experience” (1902). Pero, claro, las drogas tienen su lado oscuro y ya en 1800 comenzó a popularizarse en inglés el término addiction. De hecho, Samuel Coleridge y Thomas de Quincy, dos celebridades de la literatura inglesa, vivieron el infierno de la adicción al opio a inicios del siglo XIX.

Ya en el siglo XX, durante las guerras mundiales, las drogas se emplearon con otros fines. Los nazis, por ejemplo, usaron pervitina (o pervitín), para potenciar el desempeño de los soldados en combate y también probaron con distintas drogas para perfeccionar las técnicas de interrogatorio de prisioneros en los campos de concentración, siendo tristemente célebre el uso de la mescalina en Dachau. Tras la guerra, cientos de científicos del III Reich fueron trasladados a Estados Unidos bajo el amparo del proyecto “Paperclip”. Estos científicos fueron empleados por la OSS (Office of Strategic Services), interesada en aprender de la experiencia alemana en el uso de drogas para interrogatorios (inteligencia). Cuando más tarde la OSS se transformó en la CIA, esta última continuó la investigación con drogas. Se quería dar con una droga que ayudara a “ablandar” a una persona cuando es sometida a interrogatorios (“truth drug” o droga de la verdad), facilitando así la obtención de información y permitiendo además el “brainwashing” o lavado de cerebro que facilitara a su vez el “mind control” o control mental. La CIA y el gobierno sospechaban que los soviéticos ya contaban con tales drogas e incluso temían que tal vez las podrían estar usando contra prisioneros de guerra norteamericanos en Corea. Tras varios intentos fallidos, la CIA creyó hallar la solución en una nueva sustancia, el LSD. Importado desde Suiza, la CIA dio prioridad a la producción local y estableció programas de pruebas con universidades y profesionales de la salud. Así entra en esta historia el LSD.

El LSD-25 o dietilamida de ácido lisérgico (nombre técnico) es un compuesto que se extrae a partir de unos hongos que crecen en el centeno. Fue sintetizado por primera vez en 1938 por el químico suizo Albert Hofmann en los laboratorios de la farmacéutica SANDOZ. En 1943 y por accidente, Hofmann entró en contacto con una pequeña cantidad de LSD y la experiencia que vivió fue tan impactante que resultó fundamental para que SANDOZ clasificara al LSD como una droga sicoactiva e iniciara su comercialización como un agente de apoyo para tratamientos de sicoterapia. La investigación sobre el LSD se disparó después de la II Guerra Mundial. Para 1951 se habían publicado más de cien artículos y en 1961 la cifra superaba los mil (en inglés, francés, alemán, japonés, ruso, polaco, etc.). Obviamente el impacto más directo del LSD por aquel entonces fue en el mundo de la psiquiatría, en especial en enfermedades como la esquizofrenia, para la cual los tratamientos en uso en los años 50s – electroshock o sicoanálisis – no ofrecían mejora alguna para los pacientes; de ahí la esperanza puesta en el LSD. A lo cual habría que agregar la creencia de que el LSD era algo así como una comprobación empírica de la existencia del inconsciente.

En 1949 tuvo lugar la primera importación privada de LSD a Estados Unidos, conforme a las indicaciones de SANDOZ, como un producto de uso clínico para tratamientos psiquiátricos. Cuatro años más tarde, en abril de 1953, la CIA comienza el proyecto MK ULTRA, una operación encubierta en la que se financió a muchos psicólogos y siquiatras para investigar el uso de la droga en voluntarios en universidades, centros de salud e investigación en todo el país. Se trata del mayor programa de control mental y de drogas llevado a cabo por la Agencia durante la guerra fría. Entre los más destacados profesionales que trabajaron para la CIA bajo este programa estuvo Ewen Cameron, máximo dirigente de la psiquiatría norteamericana y mundial. La participación de Cameron ha sido objeto de fuerte crítica, tomando en cuenta que fue uno de los expertos que asesoró al tribunal de Nuremberg para procesar, entre otros, a los nazis que hicieron experimentos con prisioneros durante la guerra; toda una ironía atendiendo a las pruebas con LSF que Cameron efectuó en voluntarios, muchos de los cuales nunca supieron que eran conejillos de indias para un programa financiado por la CIA. Otro personaje igualmente polémico en la operación MK ULTRA fue el capitán y ex espía Alfred Hubbard, quien se ufanaba de haber hecho que más de 6.000 personas probaran el LSD.

Ahora bien, en paralelo a las actividades secretas de la CIA, hubo una importante corriente de profesionales e intelectuales que descubrieron el LSD y favorecieron su uso. El siquiatra inglés Humphrey Osmond (1917-2004) lideró el primer equipo médico que introdujo el uso de mescalina y luego el LSD en un hospital psiquiátrico en Saskatchewan, Canadá. El proyecto, considerado pionero en su tipo, atrajo las miradas de todas partes del mundo y entre los interesados se contaba el célebre escritor Aldous Huxley (1894-1963), quien escribió a Osmond para ofrecerse como voluntario. En mayo de 1953, aprovechando su paso por Los Ángeles, Osmond visitó la casa de Huxley y lo asistió personalmente para una prueba con 0.4 gramos de mescalina, en una sesión que duró varias horas y que marcó una experiencia impactante para Huxley, como veremos luego. En un posterior intercambio epistolar entre ambos, Osmond acuñó el término “sicodélico” para referirse al LSD y la mescalina. El término procede de raíces griegas y se traduce etimológicamente como “manifestación de la mente”; es decir, para Osmond la importancia de estas sustancias radica en que ayudan a liberar o exponer lo que hay dentro de la mente humana (cuestión en línea con la creencia que mencionamos antes de que el LSD demostraba la existencia del inconsciente). Que esto tenga lugar a través de la alteración de la percepción consciente es otra vez clave para Osmond, pues encaja con la definición de esquizofrenia: una alteración de los estados de percepción. Así, entonces, las sustancias sicodélicas permiten al especialista ponerse en el lugar del esquizofrénico, literalmente experimentar su mente, su mundo. Por esta vía, creía Osmond, se podría tener más éxito en el tratamiento de la enfermedad.

Pero volvamos con Huxley porque, al igual que Stewart Brand en el capítulo anterior, es uno de los personajes clave en esta historia. Huxley era por entonces un célebre escritor; buena parte de esa fama la debía a “Brave New World” (la versión en español “Un Mundo Feliz”), la novela de ciencia ficción publicada en 1932 y que le dio fama mundial: hoy es considerada la mayor de sus obras y una de las mejores novelas en lengua inglesa del siglo XX. En esta obra Huxley presenta un futuro distópico, una civilización súper avanzada pero donde no hay libertad porque las vidas de sus habitantes están programadas de antemano; curiosamente la gente es feliz porque a todos se les suministra una droga llamada soma, de modo que acepten su destino y sean sumisos al sistema. La novela nos deja con una sensación de espanto ante lo que pueden hacer las drogas, visto que es el mecanismo que describe el libro para esclavizar a las personas en el futuro. Sin embargo, dos décadas después de escribir “Un Mundo Feliz”, la relación de Huxley con las drogas experimenta un cambio radical. Como vimos, la prueba con mescalina en 1953 produjo un profundo y duradero efecto en Huxley, quien al año siguiente publicó “The Doors of Perception,” (Las Puertas de la Percepción), un breve ensayo filosófico en el que resume positivamente esa vivencia, a la que califica como una “experiencia beatifica”, cuando vio “lo que Adán había visto la mañana de la creación… palabras como “gracia” y “transfiguración” vinieron a mi mente”. Vaya declaración. Pero hay más, Huxley incluso vislumbra un despertar religioso, cuando el correcto uso de las drogas permita a las personas “adquirir una radical auto trascendencia y una profunda comprensión de la naturaleza de las cosas”.

Para ponderar estas sentidas declaraciones de Aldous Huxley será bueno tener presente ciertos antecedentes. Por ejemplo, como que su abuelo, Thomas H. Huxley, fue uno de los más férreos defensores de la teoría evolutiva de Darwin en el siglo XIX, cuando la nueva ciencia chocó con las creencias religiosas predominantes en Inglaterra. En el fragor de esa polémica entre ciencia y religión, Thomas Huxley tomó partido por la ciencia e inventó la palabra “agnóstico” para definir su postura ante la religión. Desde entonces un sello de escepticismo filosófico marcó la distancia de la familia Huxley con lo religioso. Su nieto Aldous Huxley creció en esa atmósfera familiar, lo que explica que el famoso escritor fuera un hombre más bien lejano a la religión. ¿Cómo, entonces, debemos entender las anteriores declaraciones místicas, cuasi espirituales, de Aldous Huxley en “The Doors of Perception”? Bien, habrá que consignar que más o menos desde que se instaló en California a fines de la década del treinta Huxley se comenzó a interesar en el misticismo oriental, específicamente en el budismo, prueba de lo cual es su lectura del Libro Tibetano de los Muertos. La posibilidad de experimentar un estado místico por intermedio de sustancias sicoactivas, como las drogas sicodélicas, despertó la curiosidad del escritor, lo que lo habría motivado a acercarse a Osmond para ofrecerse como voluntario en los test de mescalina. En 1955, mientras redactaba “Heaven and Hell” (la secuela de “Las Puertas de la Percepción”), Huxley tuvo su segunda experiencia con mescalina, esta vez acompañado por el capitán Hubbard, y más tarde, ese mismo año, tuvo su primera sesión con LSD, nuevamente asistido por Hubbard. Así que, en el lapso de tan sólo dos años, Huxley se convirtió en un adelantado en el uso de sustancias sicodélicas, no ya con fines clínicos – Huxley no sufría patologías mentales – sino como una alternativa para “ampliar la conciencia” o lograr la “iluminación”, según el lenguaje budista. De hecho, a mediados de la década del 50 Huxley integró un selecto grupo de científicos e intelectuales – entre ellos el siquiatra de Los Ángeles Oscar Janiger (1918-2001) y el teólogo y filósofo británico Alan Watts (1915-1973) – que dieron inicio al uso del LSD en reuniones sociales, completamente independiente de cualquier investigación clínica como la que estuvo en el origen del empleo del LSD por sicólogos y siquiatras. Es un anticipo de lo que ocurrirá en la década del 60, cuando los jóvenes descubran el LSD. En todo ello juegan un papel fundamental las obras que escribió Huxley a raíz de sus experiencias con la mescalina y el LSD: “The Doors of Perception”, “Heaven and Hell” y “Island” (1961), la trilogía que da inicio a un género denominado “literatura sicodélica”.

Vale la pena consignar que los dos primeros libros de esta trilogía están inspirados en un poema del inglés William Blake (1757-1827), titulado “The Marriage of Heaven and Hell” (1790), y en donde Blake escribe: “if the doors of perception were cleansed everything would appear to man as it is: infinite” (Si las puertas de la percepción estuviesen limpias todo aparecería ante el hombre como es: infinito). Inspirado en Blake y en las ideas del filósofo francés Henri-Louis Bergson (1859-1941), Huxley plantea la analogía del cerebro humano como una “válvula reductora”, esto es, como un filtro cuyo propósito es proteger al individuo ante un potencialmente abrumador flujo de información procedente del mundo exterior y que podría confundirnos y dificultarnos la vida. Para hacernos las cosas más fáciles el cerebro filtra esa enorme y muchas veces inútil cantidad de datos externos para reducir su volumen a lo que necesitamos como individuos para sobrevivir. El efecto químico de las sustancias sicodélicas – mescalina, LSD – es limpiar o abrir esos filtros o puertas de modo que podamos percibir el mundo en su totalidad, es decir, ampliar nuestra conciencia. Para Huxley eso implicaba también la posibilidad de una experiencia metafísica, un estado místico. El resultado de todo esto fue un cambio de percepción del LSD y de las sustancias sicodélicas en general en sectores de la población más bien ajenos a la medicina. Desde que el doctor Hofmann sintetizara el LSD y luego se iniciaran tratamientos clínicos en ambientes de laboratorio u hospitales, las drogas sicodélicas estuvieron principalmente en manos de psicólogos, siquiatras y terapeutas, lejos de la manipulación profana. Pero la labor de algunas personas, como el agente de la CIA Alfred Hubbard mencionado antes, y sobre todo Aldous Huxley, cambiaron esta situación de manera radical. Los libros de Huxley que citamos recién y el testimonio del propio escritor alteraron la aproximación hacia las sustancias sicodélicas: los nuevos interesados no andaban tras la cura médica de la esquizofrenia, el alcoholismo o los trastornos psicóticos, sino tras el santo grial de una experiencia mística, espiritual, la “ampliación de la conciencia humana”. El cambio irrumpió con fuerza en la década de los sesenta, pero Huxley no vivió lo suficiente para ver las consecuencias. Murió a los 69 años, el 22 de noviembre de 1963, el mismo día que en Dallas era asesinado el presidente John Kennedy y en Inglaterra fallecía otro famoso escritor, C. S. Lewis. Fue un cáncer de laringe lo que acabó con la vida de Huxley, quien antes de expirar pidió a su esposa unas dosis de LSD para calmar su dolor y tener un suave tránsito hacia la muerte. Con su estampa como intelectuales Huxley ayudó a popularizar el LSD como algo “cool”, buena onda, positivo. Aunque nunca sabremos cuál habría sido su reacción ante la posterior evolución del LSD en los años siguientes, para la generación joven de esa década Huxley abrió un camino que justificaba el consumo del LSD y la mescalina. En Los Ángeles un joven Jim Morrison se inspiró en el libro de Huxley para bautizar su nueva banda, “The Doors”, mientras que muy cerca de allí, en San Francisco, los hippies se convirtieron en ávidos lectores de sus obras.

Pero la muerte de Huxley dejó dispuesto el escenario para quien sería el gurú del LSD en los años 1960s: Timothy Leary (1920-1996). El famoso y polémico sicólogo de Harvard había comenzado a investigar sobre hongos alucinógenos a fines de la década del cincuenta. Leary y Huxley se conocieron en el MIT – Massachusetts Institute of Technology – donde Huxley asistía como profesor visitante. Leary invitó a Huxley a Harvard, teniendo ambos hombres el tiempo para profundizar su interés compartido por las sustancias sicodélicas. En el otoño de 1960 Leary había formado en Harvard el Psilocybin Research Project (proyecto de investigación de silocibina) junto a otros tres colegas: Richard Alpert, Andrew Weil y Huston Smith. El encuentro con Huxley convenció a Leary de replantear su investigación, que pasó a denominarse Harvard Psychedelic Project (Proyecto Sicodélico de Harvard); en este caso la influencia de Huxley fue fundamental para que Leary reorientara su investigación hacia el LSD. Leary y sus colegas se convencieron de que el LSD no podía quedar encerrado en los estrechos pasillos de las instalaciones clínicas como ocurría por entonces; compartían con Huxley la idea de que las drogas sicodélicas no producían daño corporal y que, por el contrario, generaban tal cambio en el comportamiento humano como para experimentar estados místicos, incluso una transformación cultural. En agosto de 1961 Leary invitó a Huxley al XIV Congreso Anual de Sicología Aplicada, en Copenhague, donde ambos expusieron su visión sobre el uso de estas sustancias. Curiosamente Leary fue más vehemente que Huxley en su exaltación de las benéficas propiedades transformadoras de las drogas sicodélicas. En su exposición, “How to Change Behaviour”, Leary se explayo generosamente sobre las cualidades de las nuevas sustancias para la sicoterapia; dijo que su uso podía producir “satori” (“iluminación” en la terminología budista) e incluso habló de una “dimensión cósmica”. Claro que esto fue demasiado para varios de sus colegas en el auditorio, quienes mayoritariamente creían en el uso de estas drogas bajo estricto control médico. Lentamente comenzó a larvarse una crítica profesional contra Leary y la dirección que tomaba su proyecto en Harvard. Para peor, varias de las pruebas que llevó a cabo el equipo de Leary en los meses siguientes (incluida una con estudiantes de un seminario teológico) terminaron en medio de escándalos, cuestión que convenció a la Universidad de poner punto final al proyecto en 1963 y de paso despedir a Richard Alpert. Leary, por entonces en México, jamás regresó a Harvard.

A partir de entonces Leary inició una carrera mediática y de conferencista que lo convirtió en el rostro de la revolución psicodélica en curso en Estados Unidos. En 1964 Leary, Richard Alpert y Ralph Metzner publican “The Psychedelic Experience”, una suerte de guía para quienes se iniciaran en el uso de sustancias sicodélicas. El subtítulo del libro era muy decidor: “Un Manual Basado en el Libro Tibetano de los Muertos”. Pese a su origen en una familia católica, Leary conectó su experiencia sicodélica con el misticismo oriental y en particular el budismo tibetano. Notar una vez más que los ideólogos de la sicodelia, como Leary, y la contracultura hippie compartían un mismo interés por las religiones asiáticas como el budismo y el hinduismo, más en línea, según ellos, con esta “ampliación de conciencia” que el cristianismo. Pero volveremos sobre este aspecto religioso más adelante. En 1966 Leary introduce la famosa frase que lo identificará en Estados Unidos y el mundo: “turn on, tune in, drop out” – enciende, sintoniza, abandona. Según Leary la frase se la habría sugerido Marshall McLuhan, como parte de unos consejos que le dio para que comunicara mejor su mensaje. En septiembre de 1966, en una célebre entrevista para Playboy, Leary exalto pomposamente algunas de las virtudes del LSD: mejoraba la vida sexual (cosa que él mismo decía haber probado), podía hacer que una mujer experimentara cientos de orgasmos, incluso que curaba la homosexualidad. Pero ni todos estos beneficios impidieron que ese mismo año las autoridades de Nueva York prohibieran el LSD, prohibición a la que se sumó California el 6 de octubre de 1966. Los hippies de San Francisco respondieron con una gran manifestación de protesta, el “Human Be-In”, el 14 de enero de 1967, que reunió entre 25.000 y 30.000 jóvenes. Entre los oradores ese día destacó Timothy Leary, pero en la trastienda, a cargo de los aspectos técnicos de la puesta en escena se hallaba… Stewart Brand, el autor del “Whole Earth Catalogue”. Ese evento de inicios de 1967 marca uno de los primeros hitos “tecnodélicos”: la confluencia de los intereses tecnológicos de Brand y la apuesta por las drogas sicodélicas de la contracultura hippie y de Tim Leary. Con este amplio trasfondo de tecnología, budismo, hinduismo, LSD y música “ácida”, se hace más fácil entender, por ejemplo, la inclinación budista de Steve Jobs.

Silicon Valley nos obliga a recorrer una larga historia y una etapa de ella dice relación con las drogas de la contracultura de los sesenta. Comenzamos este capítulo hablando de la adicción a la tecnología, usando la metáfora de la tecnología como una droga. Pero a medida que avanzamos descubrimos una conexión, no metafórica, si no muy real, entre la historia de Silicon Valley y las drogas.No olvide visitar nuestra sección de podcast.

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