tyc 9 cibernética

TYC 9 La Perturbación Cibernética

El término cibernética fue acuñado por Norbert Wiener (1894-1964), un matemático y físico norteamericano, en el verano de 1947, poco después del término de la II Guerra Mundial. Wiener se inspiró en un vocablo griego, “kubernetes”, que designaba al piloto o capitán de una nave en la antigua Grecia. Curiosamente, la mayoría desconoce que esta palabra, kubernetes, aparece ya en dos pasajes del Nuevo Testamento. Uno de ellos es Hechos 27:11: “Pero el centurión daba más crédito al piloto (kubernetes) y al patrón de la nave, que a lo que Pablo decía”. Precisamente la idea de un piloto o navegante que guía o controla una embarcación, que le da el rumbo para navegar es lo que Wiener quería dar a entender con el concepto cibernética. Wiener definió la cibernética como “la ciencia de la comunicación y el control en los seres vivos y en la máquina” y así aparece en el libro que publicó en 1948 (“Cybernetics, or Control and Communication in the Animal and Machine”).

Norbert Wiener fue un niño prodigio; ingresó a la Universidad de Tufts a los 11 años y se graduó a los 14 años; después obtuvo su PhD en Harvard a los 18 años. Posteriormente prosiguió sus estudios de lógica simbólica en Cambridge, Inglaterra, con el célebre filósofo Bertrand Russell y el matemático Hardy. Wiener se especializó en física matemática y trabajó en campos tan diversos como teoría cuántica, balística y tecnología de la comunicación mientras trabajaba en el MIT, donde hizo clases desde 1919 hasta 1960. Fue en los años 1920 – 1923 que se hizo conocido por primera vez por su investigación del movimiento browniano; la descripción estadística desarrollada por Wiener serviría después para el surgimiento de la teoría de procesos estocásticos. En esto estaba cuando en 1940 se ofreció voluntariamente a trabajar para el gobierno de Estados Unidos en las áreas de investigación científico-tecnológica con miras a aplicaciones militares, dado que parecía inminente el ingreso del país en la II Guerra Mundial. Por cierto, un detalle no menor, el interés de Wiener por ayudar al esfuerzo bélico no sólo tenía que ver con su compromiso como ciudadano; Wiener era judío – condición de la que sólo se enteró en la adolescencia pues su padre le había ocultado este detalle – lo que estimuló el firme propósito de contribuir a la derrota del fascismo.

El origen de la cibernética está inextricablemente relacionado con la II Guerra Mundial. Como decíamos recién, Wiener comenzó a trabajar para el gobierno en 1940, cuando se puso a las órdenes de Vannevar Bush (1890-1974), quien era por entonces director del US Office of Scientific Research and Development. Vannevar Bush era el zar de la investigación en ciencias y tecnología con miras a aplicaciones militares, es decir, era el hombre que coordinaba a la ingente dotación de científicos y técnicos repartidos por el país y que trabajaban arduamente en nuevos proyectos para fortalecer las capacidades militares de Estados Unidos ante la amenaza de la guerra. Vannevar Bush fue profesor del MIT, director de Carnegie Institution en Washington y quien desarrolló el primer analizador diferencial construido en el MIT en 1930 y que resolvía ecuaciones diferenciales para enfrentar problemas de suministro eléctrico que aquejaban por entonces a las empresas. Se trataba de un elemento más en una serie de inventos que se aceleraron entre los años 1920s y 1930s y que constituyen el antecedente histórico para el desarrollo posterior del computador. Vannevar Bush dirigía un extraordinario equipo y entre sus alumnos estaba Claude Shannon, de quien hablaremos luego y que jugó un papel muy importante en esta historia. Bush fue además el autor de un artículo publicado en The Atlantic Monthly en 1945 con el título “As We May Think” y en el que predecía la importancia futura de los computadores e incluso la aparición de un lenguaje computacional, lo que posteriormente se conoció como el lenguaje HTML; en el fondo, el artículo de Bush representa la primera publicación impresa en la que se delinea un concepto primitivo de la web o lo que después conoceríamos como Internet. Algunas semanas más tarde ese artículo llamó la atención de Doug Engelbart, un sargento de la marina estacionado en las Filipinas; el texto de Bush le causó tal impresión que después de la guerra se dedicó a trabajar en electrónica y en los años 60s inventó el famoso mouse o ratón característico de los computadores hasta nuestros días (precisamente en este mes se cumplen 50 años desde la demostración que tuvo lugar el 9 de diciembre de 1968, que los gringos llaman “the mother of all demos”). De ahí que en los años 1990s ese visionario artículo de Bush fuera rescatado del olvido y se convirtiera en lectura obligatoria de todo estudiante de computación, al punto que algunos lo consideran el “padre de la computación”. Pero eso no es todo. Para hacerse una idea de la genialidad de estos hombres que trabajaban en las fronteras de la investigación de su tiempo, Wiener y Bush ya preveían como factible la posibilidad de programar las instalaciones de producción de una fábrica. Wiener lo describe así: “La noción de programar una planta ya se había hecho familiar a través de los trabajos de Taylor y de Gilbreth sobre los estudios de tiempo y ya estaba lista para aplicarse a las máquinas. Esto ofrecía considerables dificultades de detalle pero no grandes dificultades de principio. Yo estaba convencido en una fecha tan temprana como 1940 que la planta automatizada estaba en el horizonte y así se lo informé a Vannevar Bush. El consiguiente desarrollo de la automatización… me convenció de que estaba en lo correcto en mi juicio y que este desarrollo sería uno de los grandes factores que condicionen la vida social y técnica en la era por venir, la clave de la segunda revolución industrial”. Es imposible enfatizar lo suficiente lo profético de las palabras de Wiener, sobre todo ahora que vemos cómo la automatización o la robotización están cambiando completamente el escenario industrial y laboral.

Pero volvamos a Wiener y a Bush trabajando para el complejo militar – industrial estadounidense. En agosto de 1940 la Luftwaffe comenzó la Kanalkampf, o lo que los británicos llamaron “la batalla de Inglaterra”, es decir, el bombardeo sistemático de sus principales ciudades e industrias, en operaciones que tenían lugar tanto de día como de noche. El fuego anti aéreo era la única defensa disponible contra los bombarderos, pero su eficiencia dejaba mucho que desear. Por ello no debe sorprendernos que Wiener se aplicara específicamente al estudio del fuego anti aéreo, a su optimización. Para tal fin en enero de 1941 Wiener incorporó a su equipo al ingeniero eléctrico Julian Bigelow (1913-2003), que también venía del MIT y además era piloto, y juntos se abocaron a desarrollar un modelo, un predictor matemático, que optimizara la capacidad de la artillería para derribar aviones enemigos. Lamentablemente para Wiener y su equipo, la dificultad en obtener datos precisos para alimentar el modelo, entre otros problemas, llevaron a que el proyecto se cancelara en enero de 1943 sin haber logrado su objetivo inmediato. Pero pese a este fracaso, el modelo del predictor anti aéreo iba a tener otras consecuencias inesperadas. Y es que mientras trabajaba en el proyecto Wiener comenzó a vislumbrar las implicancias filosóficas del estudio. Ocurre que el modelo trabajaba sobre la base de predecir el comportamiento futuro de un avión que zigzaguea en vuelo para evadir los proyectiles, mientras los artilleros en tierra ajustan el cañón para adivinar la siguiente posición del avión. Es decir, la predicción de la cambiante posición del avión se convierte en un insumo, una retroalimentación, para la respuesta anti aérea. Traducir esto en el modelo predictor suponía simular el comportamiento humano, pues ahora una máquina debería hacer lo que hacían los artilleros, pensar como uno de ellos e interpretar el pensamiento de otro, el piloto del avión; dicho en otras palabras, el predictor anti aéreo debía “aprender”. Así que por esta vía el predictor anti aéreo llevó a Wiener y a su equipo a meter en la ecuación el comportamiento humano; de hecho, Wiener y Bigelow van a decir que “el piloto se comporta como un servomecanismo”. De haber tenido éxito, el predictor anti aéreo habría tenido que ser algún tipo de máquina capaz de entender el comportamiento de las personas y anticiparse al mismo, es decir, una analogía entre el comportamiento humano y una operación del tipo servomecanismo (un equipo de control basado en la retroalimentación); en otras palabras, un tipo de máquina que no existía en ese momento.

Antes de continuar será bueno hacer una pequeña digresión sobre nuestra materia. En los años 1930s Wiener comenzó a interesarse por la aplicación de las matemáticas en la biología, cuestión por entonces en boga justo en la época en que modelos matemáticos iban a dar una nueva vida a la teoría de la evolución de Darwin. En su caso, Wiener canalizó este interés tomando parte activa en el Philosophy of Science Club, una instancia interdisciplinaria para discutir sobre el método científico, pero donde los médicos eran mayoría, así que el cerebro y la investigación neurológica eran prioritarios en la agenda. Fue allí donde Wiener comenzó a interesarse en la ciencia del cerebro y allí también donde trabó amistad con el cardiólogo mexicano Arturo Rosenbluth (1900-1970). Esta relación daría frutos años más tarde cuando Wiener, Bigelow y Rosenbluth publican en 1943 en la revista Philosophy of Science un artículo titulado «Behavior, Purpose and Teleology”. Este artículo es considerado el documento fundacional que da inicio a la cibernética, aunque como dijimos antes el concepto de cibernética propiamente tal Wiener lo usará por primera vez recién en 1948; el argumento central de esta publicación sostiene que el comportamiento humano en lo que se refiere a alcanzar objetivos está gobernado por los mismos principios de retroalimentación que se observan en los servomecanismos. La analogía que surge aquí supone un giro conceptual, incluso filosófico, fundamental y es que los humanos – y por extensión los seres vivos en general – exhiben comportamientos comparables a las máquinas o al menos a cierto tipo de máquinas. En el proceso Wiener desarrolló además una nueva terminología, lo que el investigador Slava Gerovitch denomina cyberspeak (“cyberlenguaje”), combinando conceptos tomados de diversas disciplinas: homeostasis y reflejo de la fisiología, comportamiento y objetivo a partir de la sicología, control y retroalimentación de la ingeniería, entropía y orden a partir de la termodinámica, teleología de la filosofía, extrapolación a partir de las matemáticas y señalruido e información a partir de la ingeniería de la comunicación. Es imposible exagerar la importancia de esta idea revolucionaria. Un investigador reciente, Peter Galison, comparaba el planteamiento de Wiener con el de Darwin: así como Darwin borró la separación entre el hombre y los animales haciendo de ambos el resultado de un mismo proceso, así también Wiener terminó con la distinción entre humanos y máquinas. Claro que en este caso no es la biología el nexo que enlaza a hombres y máquinas, sino la información: lo que tienen en común las personas y las máquinas es la información o mejor dicho el flujo o intercambio de información. Este principio fundamental de la naciente cibernética va a tener profundas consecuencias que analizaremos en este y futuros programas. Años más tarde, en 1950, al confrontar comentarios críticos a esta mezcla de humanos y máquinas, Wiener y Rosenbluth van a escribir: “También queremos explicar por qué usamos los términos humanísticos propósito y teleología en la explicación del comportamiento de algunas máquinas… creemos que los hombres y los demás animales somos como máquinas desde el punto de vista científico porque creemos que los únicos métodos fructíferos para el estudio del comportamiento humano y animal son los métodos aplicados asimismo al comportamiento de los objetos mecánicos. Por lo tanto, nuestra principal razón para seleccionar los términos en cuestión era enfatizar que, como objetos de interés científico, los humanos no se diferencian de las máquinas”.

Por lo pronto digamos que esta asimilación entre hombres y máquinas per se no es algo nuevo. Ya en el siglo XVI el famoso médico italiano Vesalio había comparado el cuerpo humano con una máquina donde el corazón, por ejemplo, hacía las veces de una bomba mecánica. En la Francia de 1599 Henri de Monantheuil publicaba un libro en el que describía a Dios como un “mechanikos” y donde el universo no era más que “una máquina… indudablemente el más poderoso, práctico y elegante designio de todos los tiempos”. En el siglo XVII el filósofo francés Descartes fue uno de los primeros en sistematizar la idea del cuerpo físico como una máquina donde los órganos funcionan como aparatos mecánicos. Por aquellos años ya se comenzaba a discutir si sería factible alguna vez construir una máquina que hablara o pensara, cuestión imposible para Descartes porque la capacidad humana de pensar y de hablar constituyen parte del don del alma humana otorgada por Dios y por tanto fuera del alcance de un aparato hecho por el hombre. De una idea contraria era el inglés Hobbes, para quien el raciocinio humano era algo así como un motor de cálculo donde los pensamientos podían ser el resultado de operaciones matemáticas; así que, al menos en teoría, Hobbes creía que sería factible construir una máquina que pensara y hablara, sólo que tendría que ser una muy sofisticada. Otra luminaria de la época, el alemán Leibniz – que algo sabía de matemáticas – construyó en 1671 el calculus ratiocinator, una máquina para desarrollar operaciones matemáticas repetitivas. Leibniz estaba fascinado por tales inventos, pero con todo, el filósofo alemán estaba de acuerdo con Descartes en que las máquinas no pueden ni jamás podrían “pensar” como un ser humano. Las disquisiciones de Descartes, Hobbes, Leibniz y sus contemporáneos nos debieran recordar que el ingente desarrollo de las máquinas a comienzos de la era moderna ya despertaba las primeras inquietudes respecto a su relación con los seres humanos, como quedó plasmado en una de las maravillas mecánicas que se trató de construir en aquella época, el autómata. También en el siglo XVII surgió la “filosofía mecánica”, lo que nos una idea del creciente impacto de las máquinas en la cultura europea. Así que, en resumen, la cuestión de la relación entre máquinas y personas o de la posibilidad de las máquinas de pensar no es un tema nuevo postulado por la cibernética, pero donde sí la cibernética aporta un cambio radical es en el marco conceptual, teórico, que sustenta una nueva cosmovisión, sobre todo una nueva comprensión del cerebro.

El descubrimiento de la electricidad a fines del siglo XVIII daría pie a una explosión de nuevas tecnologías en el siglo XIX, como el telégrafo, el fonógrafo, la fotografía y el cine, y varias de estas nuevas tecnologías servirían a su vez para alimentar nuevas metáforas sobre el cuerpo y en particular el cerebro humano. El creciente desarrollo de las máquinas y la tecnología llevarían incluso a las primeras formulaciones filosóficas para explicar su importancia y consecuencias en la cultura moderna. Así, en 1877 el filósofo alemán Ernst Kapp publicó Grundlinien einer Philosophie der Technik (Bosquejo de una Filosofía de la Tecnología), un clásico en lengua germana, el primer libro en el que se usa el concepto “filosofía de la tecnología” y en donde Kapp presenta una teoría de la proyección o la novedosa idea de que las distintas tecnologías o herramientas no son otro cosa que prolongaciones de los órganos o de la anatomía del cuerpo. Por ejemplo, el martillo es una prolongación del puño, las poleas una prolongación del brazo, la cámara – fotográfica o de cine – una extensión del ojo y hasta el sistema ferroviario podría entenderse como una analogía del sistema circulatorio. Este visión seminal de Kapp de cómo entender la tecnología y las máquinas en relación con las personas va a ser retomada después por otros autores, como Peter Englemeier en Rusia, el alemán Friedrich Dessauer, el francés Gilbert Simondon, el español Juan David García Bacca y sobre todo su versión actual más famosa en el canadiense Marshall McLuhan. Pero en el siglo XX y en especial en tiempos de la II Guerra Mundial todas estas metáforas serán superadas por la del computador como símil del cerebro. Y con el computador y el cerebro volvemos otra vez a Norbert Wiener y a los orígenes de la cibernética.

La cibernética dio un gran impulso a la metáfora del cerebro como una computadora; de hecho fue la imagen acaso más poderosa del cerebro en la segunda mitad del siglo XX y aun cuando en la actualidad la neurociencia ha descartado esa asociación por considerar al computador como una equivocada y pobre imagen para reflejar la complejidad del cerebro humano, la mirada cibernética a la relación entre humanos y máquinas sí que se ha mantenido a lo largo del tiempo. Al poner el centro de la investigación en la información y los intercambios o flujos de información, la cibernética postuló que hay algo que es común y subyace a todos los sistemas biológicos, a las máquinas y al ser humano, pues todos funcionan en base a flujos de información. Cuando Wiener afirmaba, como vimos antes, que el piloto se comporta como un servomecanismo, lo que quería decir es que lo que es común a ambos es que tanto la respuesta del piloto como del servomecanismo están dadas por la información que maneja cada uno o los flujos o intercambios de información con el medio. Es atendiendo a la información que Wiener puede afirmar que el comportamiento de la persona y el servomecanismo son equivalentes. Desde el punto de vista del análisis cibernético que propone Wiener la estructura interna de ambas partes – la estructura biológica del piloto o la estructura mecánica del servomecanismo – es irrelevante, lo que importa es el flujo de información con el medio. Para expresar esta idea con más fuerza Wiener tomó prestada de la ingeniería de la época el concepto de “caja negra” y al usar esta terminología precisamente quería destacar que el que se trate de una persona o de una máquina da lo mismo, que lo que importa de verdad es el manejo de la información y que desde el punto de vista del manejo de la información una persona y una máquina pueden ser equivalentes. Esta primacía de la información postulada por Wiener y que constituye el centro del proyecto cibernético va a dar paso en las décadas siguientes al valor de la información per se, independiente del receptáculo físico o material que la contenga, es decir, a que existe una entidad – la información – cuyo valor en sí mismo persiste aunque esa información se haya liberado ya sea de su origen biológico en un ser vivo o de su origen material en un equipo o una máquina. El momento cultural presente se caracteriza por la creencia de que la información puede circular inmutable entre diferentes sustratos materiales. Por esta vía, la cibernética pavimentó el camino para entrar en la era de la información.

A partir de este carácter transversal de la información quizás podamos comenzar a entender otra característica fundamental de la nueva disciplina cibernética: su carácter inter disciplinario. Recordemos que el célebre artículo de 1943 fue redactado por un físico matemático, un ingeniero eléctrico y un cardiólogo. La posibilidad de que el lenguaje y la metodología cibernética sirvieran a distintos profesionales de la ciencia fue otro de los grandes atractivos que impulsaron el crecimiento de la obra de Wiener. La instancia que canalizó este aspecto fue sin duda la serie de Conferencias Macy, que tuvieron lugar entre 1943 y 1954 y que se denominan así por haber sido auspiciadas por Josiah Macy Foundation; el neurofisiólogo Warren McCulloch fue su chairman o presidente. Estas conferencias o charlas reunieron a físicos, ingenieros eléctricos, filósofos, semánticos, economistas, biólogos, médicos, antropólogos, sicólogos y un largo etcétera. Entre los genios que convocaron estas conferencias estaba, por ejemplo, Ralph Gerard – a quien se atribuye haber acuñado el término “neurociencia” a fines de los 1950s. Entre los matemáticos, aparte de Wiener, estaba John von Neumann, uno de los autores de la teoría de juegos, era talvez el mayor teórico en computadores de la época y su visión fue básica para la analogía cerebro-computador. También estaban allí el matrimonio de antropólogos británicos formado por la célebre Margaret Mead y Gregory Bateson (1904-1980). En capítulos anteriores de esta serie sobre Silicon Valley nos topamos con Bateson apropósito del Catálogo de Toda la Tierra y Stewart Brand en la contracultura hippie. Para Bateson la cibernética era “el mayor mordisco al Árbol del Conocimiento que la humanidad ha hecho en los últimos 2.000 años”. Heinz von Förster, un emigrado austriaco, director del Biological Computer Laboratory de la Universidad de Illinois (1958-75) y editor de los reportes de las Conferencias Macy, iba a dar inicio a otra etapa de la cibernética en los años 1960s. Por cierto, hubo también otras instancias fuera de Estados Unidos donde la comunidad cibernética pudo reunirse, como el Ratio Club en Inglaterra entre los años 1949 y 1955 y la contraparte europea de las Conferencias Macy, el I Congreso Internacional de Cibernética o Conferencia de Namur que tuvo lugar en 1956 en esa ciudad belga.

Aparte de Wiener, entre los pioneros de la cibernética se encuentran Ross Ashby (1903-1972), Warren McCulloch y Grey Walter (1910-1977). Notar que, salvo Wiener, los demás llevaron a cabo la mayor parte o la totalidad de su carrera en la  investigación del cerebro humano, a menudo en ambientes asociados a la siquiatría. La teoría cognitiva y la AI (inteligencia artificial) de la actualidad son pruebas de la relación histórica entre la cibernética y las ciencias de la mente. Además, Ashby y Walter ganaron cierto renombre en la prensa de fines de los 50s y comienzos de los 60s por crear algunas de las primeras “máquinas pensantes” o lo que podríamos denominar robots primitivos. Ashby creó un homeostato y Walter una “tortuga” que era capaz de desplazarse, reconocer obstáculos y esquivarlos; lo que nos advierte la diferencia entre las estructuras cibernéticas y las que no lo son. Las estructuras no cibernéticas están diseñadas para permanecer, para resistir firmes el paso del tiempo, incólumes a las acciones de la naturaleza: un puente es un buen ejemplo de ello. La base de su funcionamiento es permanecer, no adaptarse a la naturaleza. Lo mismo puede decirse de edificios, autos o televisores. Por el contrario, los aparatos cibernéticos son mecanismos adaptativos, están diseñados para ser sensibles y responder a los cambios en su entorno. Transgresores de la distinción entre lo animado y lo inanimado, entre lo vivo y lo inerte, ejemplos de la “vida mecánica”.

La aventura cibernética, como decíamos recién, se extendió a diferentes ambientes científicos y uno de ellos desde sus orígenes fue el de la biología. McCulloch era neurofisiólogo, de la misma forma que Ashby y Walter trabajaron sobre sistemas neuronales, así que las neuronas y las redes neuronales fueron contempladas también como sistemas de información. Cuando en 1953 Francis Crick y James Watson dedujeron la estructura del ADN, pronto se comenzó a hablar de que estábamos en presencia de un “código genético”. Código era un término común en la terminología cibernética. Dado que el ADN fue descrito como un tipo de escritura alfabética dotada de cuatro letras (AGCT), el ADN podía entenderse entonces como un sistema de información. Pronto el ADN, los cromosomas, los genes, incluso los ecosistemas, todo fue visto como sistemas que operan bajo principios cibernéticos de flujos de información.

Pero las experiencias cibernéticas no se restringieron sólo a potencias del hemisferio norte. Un caso muy especial es el que tuvo lugar en Chile a inicios de la década del 70 y que nos servirá como ejemplo para introducir otro aspecto de la cibernética, su derivada social y política. Aunque desconocido para la mayoría, la cibernética llegó a Chile en los años 50s en un reducido grupo de ingenieros y científicos. Más tarde dos biólogos, Francisco Varela  y Humberto Maturana, quizás los dos biólogos chilenos más destacados del siglo XX, tomaron un rol activo en la investigación cibernética. En 1959, mientras era estudiante en Harvard, Humberto Maturana colaboró junto a renombrados exponentes de la cibernética como Warren McCulloch, Jerome Lettvin y Walter Pitts en un artículo titulado “What the Frog’s Eye Tells the Frog’s Brain”; ello explica que Maturana fuera el principal nexo entre Chile y la comunidad cibernética internacional. Pero con la elección de Salvador Allende en 1970 la cibernética en Chile dio un nuevo e inesperado giro: el Proyecto Cybersyn (Synco).  Se trataba de una idea ambiciosa para la época: implementar un diseño cibernético para gestionar toda la producción industrial del país. El líder político del proyecto era Fernando Flores (CORFO), quien contrató al inglés Stafford Beer (1926-2002) como principal consultor del mismo. Stafford Beer pertenecía a lo que se conoció como la “segunda generación de cibernéticos”. Beer es un caso muy especial, porque a diferencia de la mayoría de los cibernéticos que trabajaban en el ámbito de las ciencias del cerebro, Beer se especializó en el management, es decir, en la aplicación de la cibernética al mundo de la administración empresarial e industrial.  De hecho, el “padre de la cibernética”, Norbert Wiener, se refería a Beer como el “padre del management cibernético”. Beer solía decir que hay tres clases de sistemas, el “simple”, el “complejo” y el “extraordinariamente complejo” (“exceedingly complex systems”). Para Beer los dos primeros podían ser resueltos con las armas de la tecnociencia moderna, mientras que la tercera categoría – los sistemas extraordinariamente complejos, entre los cuales Beer incluía el cerebro, la empresa y la economía – sólo podían abordarse con un enfoque cibernético. En 1970 Beer dejó una exitosa carrera en el mundo empresarial para comenzar su labor como consultor independiente y Chile fue el primer caso en el que probó su propuesta cibernética. Lo cierto es que el clima de la Guerra Fría y la inestabilidad social y política que vivió el país desde 1972 hicieron inviable esta iniciativa; por último, el golpe de estado de septiembre de 1973 puso fin al proyecto, lo que afectó profundamente a Beer. Humberto Maturana decía que Beer llegó a Chile como un “businessman” y dejó el país convertido en un “hippie”. Hombre de muchas inquietudes, poeta, escritor, ensayista; entre sus obras se cuenta “Cybernetics and the Knowledge of God”, un título que puede sonar extraño, pero lo cierto es que la conexión entre la cibernética y lo metafísico o lo espiritual arranca desde los inicios mismos de esta nueva disciplina, en los escritos de Norbert Wiener, cuestión a la que volveremos en breve. Lo concreto es que tras el abrupto fin del proyecto Cybsersyn Maturana y Varela – que no formaban parte del mismo – siguieron por su parte trabajando en el campo de la investigación cibernética, en la línea de Heinz von Förster. En 1973 ambos biólogos publicaron “De máquinas y seres vivos” – un texto con un título muy cibernético – en el que introducen el concepto de autopoiesis; la versión en inglés, “Autopoiesis and Cognition: The Realization of the Living” (1979), fue prologada por Stafford Beer. En ambas obras Maturana y Varela desarrollaron lo que se llamó la cibernética de segundo orden, donde presentan una epistemología que mira al mundo como sistemas de información cerrados. En palabras simples, el concepto de autopoiesis significa que un organismo sobrevive produciéndose a sí mismo. El concepto de autopoiesis resultó muy importante para la comunidad cibernética, entre otras cosas, porque contribuyó a la construcción de una teoría cibernética de la conciencia, un campo de investigación liderado por Stafford Beer, Gordon Pask y Heinz von Förster.

El caso chileno nos sirve además para repasar la curiosa relación entre cibernética y política. Curiosa, porque en las conferencias Macy hubo una casi total ausencia de discusión política. Norbert Wiener ha sido descrito como un humanista liberal, pero este hombre liberal convivía con un pesimismo político que tal vez era compartido con otros integrantes del círculo cibernético. Bueno, había razones para ser pesimistas: Wiener y sus colegas habían vivido la debacle de las democracias ante los fascismos y después fueron testigos de una nueva confrontación, la Guerra Fría y con ella la caza de brujas del macartismo en Estados Unidos. Pero varios expertos han notado que este pesimismo político era compensado con un optimismo tecnocientífico, con la visión de la cibernética como una nueva esperanza y tal parece que Wiener confiaba que la cibernética sería un nuevo apoyo para una democracia liberal. Al otro lado de la frontera, en la década del 1950 la Unión Soviética entró en contacto con la cibernética y un documento oficial de 1954 definía a la cibernética como una “seudo ciencia reaccionaria” y “un arma ideológica de la reacción imperialista”. Pero tras la muerte de Stalin y con el ascenso al poder de Nikita Krushev la nueva disciplina ganó popularidad y a principios de la década del 60 era considerada una “ciencia al servicio del comunismo”, definición que debe haber dejado atónito a Wiener. Stafford Beer, líder del proyecto CyberSyn en Chile, era un hombre de inclinaciones más bien socialdemócratas y su visión de un diseño cibernético en el gobierno socialista de Allende estaba años luz de distancia de la realidad soviética. En este enrevesado paisaje político hay que agregar otro dato curioso: al menos en los años 1950s las conferencias Macy contaron con financiamiento de la CIA como sostiene el historiador de la ciencia Steve Joshua Heims en su libro “The Cybernetics Group”; el puente entre la CIA y la comunidad cibernética habría sido Frank Fremont-Smith, el director médico de la Fundación Macy y que más tarde sería además codirector de la World Federation for Mental Health (WFMH).  No deja de ser irónico que la CIA haya financiado las charlas cibernéticas de los años 1950s y que dos décadas después la misma CIA financiera a su vez la caída de Allende que puso fin al ambicioso proyecto cibernético liderado por Stafford Beer. Las vueltas de la vida; la cibernética sirvió en esos años para proyectos políticos del más diverso signo.

El cyberspeak o ciberlenguaje, la parafernalia conceptual y la nueva terminología asociada a la cibernética tuvieron también un enorme impacto en el campo de la ciencia ficción. Así, por ejemplo, una serie de conceptos usados por Wiener en sus libros sobre cibernética – entropía, el demonio de Maxwell, feedback o retroalimentación, servomecanismos – se popularizaron en el lenguaje de escritores y cineastas de las décadas del 50 y 60. Entre los escritores que absorbieron la cibernética están John Barth, Donald Barthelme, Thomas Pynchon, William S. Burroughs, Kurt Vonnegut en su novela Player Piano de 1952 y por su puesto Philip K. Dick, cuy novela “Do Androids Dream of Electric Sheep?” de 1968 serviría de inspiración para la película de Ridley Scott Blade Runner (1982), considerada un clásico de la ciencia ficción. Antes incluso, los libros de Grey Walter habían influido a escritores como Aldous Huxley, Timothy Leary o William Burroughs. Igualmente importante fue el impulso cibernético para que los autores de ciencia ficción desarrollaran nuevas formas de expresión. Un ejemplo clásico es el término “ciberespacio”. Corría el profético año 1984 (George Orwell mediante) y mientras James Cameron filmaba Terminator en Los Ángeles, el estadounidense William Gibson, un autor de un subgénero de la ciencia ficción conocido como cyberpunk, introduce por primera vez el término “cyberspace” (un “datascape” o paisaje de datos) en la novela “Neuromancer”, la obra que lo convirtió en el primero en ganar la “triple corona” de la literatura de ciencia ficción en Norteamérica: Nebula AwardPhilip K. Dick Award y Hugo Award. El héroe de la novela es un hacker llamado Case y curiosamente ese mismo año 1984 se celebró en California la primera Conferencia de Hackers de la historia, organizada entre otros por Stewart Brand. Un detalle no menor es que el género de la ciencia ficción y el subgénero del cyberpunk tuvieron alta demanda entre los geeks, hackers y hippies de la bahía de San Francisco, los fundadores de Silicon Valley; de hecho Neuromancer causó un profundo impacto entre estudiantes, académicos y científicos de la computación. En 1987, Stewart Brand decía en “The Media Lab”: “La ciencia ficción es la literatura en el MIT. La biblioteca del campus tiene una colección tan grande como una tienda especializada de ciencia ficción”. Esta relación entre ciencia ficción y cibernética tendrá también aspectos espirituales que repasaremos en breve.

La cibernética minó una antiquísima tradición occidental: la distinción entre humanos y cosas (dualismo cartesiano). Los humanos ya no somos tan distintos a las cosas que nos rodean: debajo de la piel, la máquina y el hombre son hermanos, hermanos de información. Como adelantábamos al hablar de las “cajas negras” la cibernética no se interesa en organismos, objetos o personas, sino en procesos. El más relevante de todos los procesos es el procesamiento de la información. El yo cibernético es menos una persona y más un fluir en el cosmos: potencial convergencia con la filosofía y espiritualidad orientales. Y aquí entramos en la conexión entre la cibernética y lo espiritual. Curiosamente, mientras destruía el dualismo cartesiano, la cibernética originó un nuevo dualismo: el dualismo información / materia. Esto supone que la información es una categoría aparte de la materia y más importante que la materia o la energía. Vendría a reemplazar a otros dualismos históricos: cuerpo/alma o cuerpo/espíritu. Visto así, la información sería el equivalente moderno (o postmoderno) de categorías tradicionales como alma o espíritu. Como veremos más adelante, al igual que el alma o el espíritu, la información será investida por algunos con características cuasi místicas. La lógica detrás de este dualismo y de la preeminencia dada a la información es muy sencilla: la materia tiende a la decadencia y la extinción (entropía), la información, por el contrario y al igual que el espíritu, no está sujeta a ningún principio físico de descomposición. Ergo, la información es más trascendente que la materia. Además, la información es superior a la materia porque es el sustrato fundamental que conecta lo vivo (biología) con lo no vivo (tecnología): la información puede hacer el viaje de la biología a la tecnología y viceversa, lo que la materia no puede hacer. Toda esta concepción fue posible porque la cibernética se basaba en una sofisticada teoría de la comunicación que abstraía a la información tanto de la materia (medio) como del significado (contexto). Esta teoría fue desarrollada paralelamente por Wiener y por el ingeniero Claude Shannon (1916-2001), el padre de la moderna teoría de la información. No es extraño que en esta visión ingenieril importara menos para el análisis la complejidad del significado o el contenido de la información transmitida que la eficiencia de la transmisión misma o señal.  Pero Wiener y Shannon discreparon en un punto significativo: Shannon igualó la señal transmitida (información) con la entropía, Wiener no. “En control y comunicación siempre estamos luchando contra la tendencia de la naturaleza a degradar lo organizado y a destruir el significado”. Así, entonces, para Wiener la información es algo positivo, nuestro aliado en la lucha contra la segunda ley de la termodinámica (entropía). Fue tal el impacto que iba a tener esta idea información vs entropía, que sirva como ejemplo que el célebre antropólogo francés Claude Levi-Strauss propuso en algún momento sustituir el concepto de antropología por el de “entropología”. La sugerencia de Wiener de las capacidades de los sistemas de información para traer orden sobre el caos abrirá la puerta para  investir a la información de rasgos cuasi divinos.
Otra derivada notable de la cibernética fue el efecto que tuvo en la comunidad contracultural de la bahía de San Francisco. La contracultura adoptó postulados cibernéticos afines a su crítica de la sociedad norteamericana: el carácter interdisciplinario, no jerárquico de la cibernética;  la visión holística de que todo es uno, todo está conectado por la información; el logro de la trascendencia a través de la información, en contraste con la superficialidad o materialismo del “mainstream” estadounidense; la promesa de equilibrio y control entre biología y máquina. Sin duda el principal actor de esta adopción de la cibernética por la contracultura fue el WEC de Stewart Brand y su conexión con el back-to-the-land movement. Brand logró, por ejemplo, que estrellas de la cibernética como Stafford Beer y Heinz von Förster escribieran comentarios sobre literatura cibernética para el WEC y por esa vía los lectores de la contracultura tuvieron un conocimiento de primera mano sobre autores y materias de interés cibernético. Muy celebrada fue, por ejemplo, su entrevista en 1972 a Margaret Mead y Gregory Bateson. La mezcla de la visión cibernética con los ideales de la contracultura de los 60s llevó a que herederos de las comunidades hippies abrazaran tempranamente la tecnología del PC, personal computer. El computador, que había nacido en la costa este como una maquinaria gigante, al amparo de los teóricos del MIT y emblema de la burocracia y las corporaciones norteamericanas, al emigrar a la costa este redujo su tamaño y se convirtió en símbolo de la libertad humana soñada por los hippies.

Por último, vamos a la relación entre cibernética y religión. Hablamos de una conexión cuyos orígenes están en el mismo Norbert Wiener, en el lenguaje de “maniqueísmo” y “agustinismo” que empleó para referirse en sus comienzos al nuevo paradigma cibernético entre información y caos, o información y entropía. Por ejemplo, al comienzo de su libro “The Human Use of Human Beings” Wiener escribe: “El científico siempre trabaja para descubrir el orden y organización del universo y por lo tanto juega un juego contra el archienemigo, la desorganización. ¿Es este un demonio maniqueo o agustino? ¿Es una fuerza contraria que se opone al orden o es la verdadera ausencia del orden mismo?” Resulta llamativo que al describir la lucha del científico contra la entropía o desorden del universo Wiener recurra a adjetivos como “maniqueo” o “agustino”, es decir, a una metáfora basada en la historia y la teología cristiana de fines del imperio romano. Décadas después Galison va a referirse a la investigación de operaciones, la cibernética y la teoría de juegos como “las ciencias maniqueas”; en palabras de Galison, “la cibernética, la ciencia del navegante, hizo del control un ángel y del desorden un demonio”. Se trata, pues, de una metáfora religiosa o teológica que perduró en el tiempo. Ahora bien, hay que precisar que la cibernética per se no supone ninguna postura religiosa en particular: ser cibernético no significa firmar por ninguna religión. Por otro lado, como hemos tratado de explicar a lo largo de este programa, la cibernética sí dio pie a una serie de metáforas – como la que acabamos de comentar – que se relacionaron directa o indirectamente con lo que podríamos denominar lo religioso o espiritual. Ya vimos que Wiener acudió a la tradición teológica judeocristiana. Pero fuera de las manos de Wiener la conexión entre cibernética y religión abandonó el pasado judeocristiano y se desplazó rápidamente hacia el lejano oriente, hacia las religiones y el misticismo oriental. Algunos colegas y sucesores de Wiener hallaron un espacio más afín a la visión cibernética en el hinduismo y sobre todo en el budismo. ¿Por qué esto fue así? Quizás la mejor respuesta esté en una de las características del círculo cibernético original alrededor de 1950, donde las ciencias de la mente y en particular la siquiatría y la neurociencia tuvieron un papel preponderante. Las investigaciones siquiátricas y sicológicas representadas por personajes como Grey Walter, Ross Ashby y Gregory Bateson, por mencionar algunos, despertaron un renovado interés por el funcionamiento de la mente y en especial por los “estados alterados de conciencia”, es decir, por estados mentales que eran difíciles de explicar en términos de la siquiatría de la época. La esquizofrenia era un buen ejemplo de un hueso duro de roer para los siquiatras, justo en momentos en que técnicas como el electroshock parecían ser estériles mientras surgían otras más esperanzadoras representadas por las drogas sicodélicas como el LSD. En ese tráfago se plantearon otras formas de entender el Yo, una ontología distinta a la que era tradicional en occidente y que tenía muchos paralelos con formas de expresión del yo que se podían encontrar en las culturas orientales. El yogi o maestro del yoga y la meditación oriental resultó de especial interés para hombres como Walter, Ashby y Bateson, porque planteaba otro camino a la siquiatría en que ellos habían sido entrenados. En The Living Brain (1953), Grey Walter ensayó la aproximación cibernética a alteraciones mentales como la esquizofrenia y la epilepsia pero también ensayó una lectura cibernética de las experiencias de los yogis y fakirs de la India y propuso entender el nirvana oriental como una “experiencia de homeostasis”. Walter tuvo un largo interés en fenómenos mentales que no se podían explicar por la ciencia de su tiempo, cuestión que lo acercó a la Society for Psychical Resarch, la institución británica que desde fines del siglo XIX buscaba una explicación científica a fenómenos paranormales como el espiritismo tan en boga en esa periodo. Walter conoció a la controversial médium irlandesa Eileen Garrett (1893-1970), considerada por algunos la síquica más importante del siglo XX, asistió a sus charlas de parasicología y a sesiones espiritistas para entender ese tipo de fenómenos, los que Walter trató de interpretar en términos de la naturaleza eléctrica del cerebro. Algo parecido ocurrió con Ross Ashby, quien ya en 1930 aceptaba la realidad del fenómeno espiritista; en adelante Ashby mantuvo un constante interés en la clarividencia, eventos de posesión, médiums e hipnotismo y también coincidió con Walter en identificar el nirvana con la homeostasis cibernética, es decir, como una condición o estado de equilibrio (Ashby hablaba de la “nirvanofilia” y llegó a definirse a sí mismo como “nirvanofílico”). En lo que respecta a Gregory Bateson, ya hemos visto que fue un personaje fundacional en los inicios de las conferencias Macy y tanto él como su compatriota escocés Ronald David Laing (1927-89) tuvieron un largo interés en la esquizofrenia, a la que caracterizaron como “visionaria” en un sentido espiritual, lo que los llevó a desarrollar una confluencia para ellos natural entre cibernética, siquiatría y budismo. Sus compatriotas Alan Watts – quien popularizó el budismo Zen en California – y el célebre escritor Aldous Huxley siguieron más o menos un camino similar: todos ellos unieron el interés por el estudio de la mente, el consumo de LSD y la investigación del misticismo oriental. Alan Watts, por ejemplo, en su libro The Way of Zen (1957) intenta explicar el karma, un concepto básico del budismo, a partir de la noción cibernética de la “ciencia del control”; Watts escribe: “la filosofía budista debiera tener un especial interés para estudiantes de teoría de las comunicaciones, cibernética, lógica filosófica y materias similares”. Francisco Varela, el biólogo chileno que mencionamos antes, era budista y fue consejero del Dalai Lama en materias científicas. Algunos de estos expertos cibernéticos incluso dedicaron un tiempo a visitar la India o Japón para profundizar su conocimiento de esas tradiciones. Laing, por ejemplo, pasó seis meses en 1971 en un monasterio budista en Sri Lanka para perfeccionar su entrenamiento en técnicas de meditación. Pero probablemente el caso más notable de cibernética y espiritualidad oriental lo encontramos en Stafford Beer, el consultor del proyecto CyberSyn en Chile. Beer siempre se sintió fascinado por las tradiciones de la India, donde además sirvió en el ejército a fines de la II Guerra Mundial. Beer mezcló su formación cibernética, el misticismo de la India y fuentes ocultistas que se encontró en Gran Bretaña en especial la corriente teosófica, hasta que al final de su vida la meditación lo llevó a convertirse en un yogi y maestro del budismo tántrico. Como señala un experto, la confluencia de distintas tradiciones místico-espirituales llevó a Beer a formular una “ingeniería espiritual”. En fin, la larga lista de autores y exponentes de la cibernética que se inclinó hacia los cultos orientales y en especial hacia el budismo nos ayuda a entender el impacto cultural que eso significó para la promoción de ese tipo de misticismo y espiritualidad. Por esa vía podemos entender a su vez cómo la contracultura hippie de los 60s mezcló con tanta facilidad tecnología, budismo e hinduismo. Era más o menos el mismo coctel que Stewart Brand les entregó periódicamente a través del WEC a fines de los fines de los 60s y comienzos de los 70s. Cuando hoy en día vemos a los trabajadores de Google practicando yoga en sus oficinas o nos informamos de la práctica budista de líderes como Steve Jobs, lo que vemos es el extremo de una larga cadena histórica en la cual la cibernética jugó un papel central al facilitar a un grupo de personas una síntesis entre ciencia, tecnología y religiones orientales.

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