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Roma cristiana: La teoría sociológica de Rodney Stark

Este 2013 se cumplen exactamente 1700 años desde la publicación del edicto de Milán, esto es, desde el inicio de la cristianización oficial del imperio romano. Efectivamente, hace justo diecisiete siglos el documento salido de la reunión de los dos amos del mundo romano, Constantino en occidente y Licinio en Oriente, iba a iniciar una serie de cambios decisivos en la historia ya no sólo del cristianismo, no sólo de Roma o de Europa, sino de la historia mundial: el edicto de Milán debe ser uno de los documentos más importantes en toda la historia de la humanidad. Curiosamente, para el mundo cristiano, debe ser a la vez uno de los textos más desconocidos o ignorados. Pero tal ignorancia no sólo dice relación con el texto mismo del documento en cuestión, sino con el olvido casi total sobre los acontecimientos del siglo IV DC, el siglo cuando el cristianismo dejo de ser una religión perseguida para transformarse en la religión oficial de un imperio, todo en el lapso de no más de siete décadas. Pero si la mayoría de los cristianos han perdido todo interés en tales hechos, un sector de la ciencia moderna ha puesto sus ojos sobre ellos para responder ciertas cuestiones vitales: ¿representan esos cambios el triunfo del cristianismo? Y si eso es así, ¿cómo triunfó el cristianismo en la antigüedad?

En la búsqueda de respuestas un libro publicado en Estados Unidos en 1996 marcaría un hito: “The Rise of Christianity: a sociologist reconsiders history”. Obra del sociólogo y profesor universitario Rodney Stark, su impacto posterior en el mundo de la academia y en las investigaciones sobre el triunfo del cristianismo en la antigüedad romana es ya incuestionable, convirtiendo este texto en un best seller entre los especialistas. ¿Qué tiene de especial la teoría de Stark? Bueno, antes de entrar a ello directamente, será necesario dar un breve repaso sobre los estudios religiosos de su autor. Para ser precisos, fue en los años 60s cuando dos jóvenes investigadores, Stark y John Lofland, comenzaron un “trabajo de campo”, esto es, investigación experimental relacionada con movimientos religiosos. Por entonces Stark y Lofland estudiaban un culto de reciente llegada a Estados Unidos: la secta Moon. Popularmente conocidos como “moonies”, los seguidores del predicador coreano Sung Myung Moon eran la novedad en el generoso mercado religioso norteamericano del momento. Stark y Lofland entrevistaron a varios “convertidos” después del primer contacto con la secta; repitieron la entrevista mucho tiempo después y descubrieron algo que llamó su atención: las respuestas variaban con el tiempo. La primera entrevista indicaba que la conversión no tenía que ver con la doctrina del movimiento (de hecho, muchos entrevistados señalaban incluso no sentirse atraídos por las ideas del grupo), sino que lo que había inclinado su decisión de unirse al grupo era su relación de amistad o familiaridad con integrantes de la secta. En la segunda entrevista, tiempo después, las respuestas ideológicas o de tipo doctrinal se volvían dominantes. Stark y Lofland concluyeron que la primera respuesta mostraba las razones espontáneas por las que una persona se unía al movimiento, mientras que la segunda era el resultado de un proceso de adoctrinamiento, una reflexión sobre el contenido ideológico de la conversión; en otras palabras, relaciones interpersonales, no doctrinales, explicaban la integración al grupo. El estudio se publicó en 1965 en la American Sociological Review bajo el título “Becoming a World –Saver: A Theory of Conversion to a Deviant Perspective”. Otro estudio similar, en los años 70s, realizado por Stark y William Sims Bainbridge, esta vez sobre los mormones, complementaron las conclusiones anteriores. Descubrieron que los misioneros mormones lograban un éxito en 1 de cada 1000 visitas, una tasa abrumadoramente baja. En cambio, cuando trabajaban con relaciones sociales de miembros del movimiento mormón – familiares y amigos – la tasa de éxito (conversiones) subía a 1 de 2: un crecimiento espectacular. Sus resultados se publicaron en 1980 en el artículo “Networks of Faith: Interpersonal Bonds and Recruitment to Cults and Sects”, en la American Journal of Sociology.

La investigación de campo con “moonies” y mormones llevó a Stark al convencimiento de que las relaciones interpersonales, no la doctrina, es lo que constituye la base de la integración o conversión en un grupo religioso nuevo. Stark se preguntó luego si sus descubrimientos y teorías podrían explicar fenómenos religiosos en otras épocas, por ejemplo en la cristianización del imperio romano, y de esos estudios surgió el libro al que hacíamos mención al comienzo de este artículo. La respuesta de Stark a la cuestión de por qué el cristianismo triunfó en el imperio romano es, pues, sociológica en su naturaleza: los cristianos triunfaron porque tejieron mejores redes interpersonales y supieron sacar partido a tales nexos para aumentar su tasa de conversión (cristianización). Habrá que olvidarse del efecto persuasivo de la predicación cristiana o de las conversiones masivas en respuesta a los celosos evangelistas. O como lo expresa otro autor: lo que cuenta aquí no es lo que uno cree o lo que puede ser persuadido a creer, sino a quién uno conoce o con quién uno se relaciona. El éxito del cristianismo se explica sobre bases estrictamente sociológicas. Como todo sociólogo moderno, Stark maneja modelos matemáticos y se esfuerza en demostrar con números en mano la validez de su teoría. Según Stark, la respuesta está en la “aritmética del crecimiento”. Poco después de la muerte de Jesús, cerca del 40 DC, los cristianos no eran más de un millar de personas; para el año 350 probablemente unos 34 millones. Para alcanzar esta expansión, según el modelo de Stark, el cristianismo primitivo debe haber crecido a una sorprendente tasa del 40% por década (un 3.42% anual). Por impresionantes que parezcan estas cifras, Stark cree que son consistentes, por ejemplo, con sus propias investigaciones sobre el crecimiento de los mormones en las últimas décadas. Si los números son semejantes, probablemente el modelo teórico – sociológico – que los sustenta pueda ser un buen medidor tanto para el caso moderno de los mormones como para el del cristianismo primitivo, o así al menos lo sostiene Stark.

La obra de Stark ha visto un éxito considerable en los diecisiete años transcurridos desde su aparición, no sólo en el campo profesional específico de la sociología de la religión, sino también en el más amplio del público no especializado. Como suele suceder en estos casos, las teorías sociológicas de Stark sobre los movimientos religiosos (cultos, sectas, iglesias) han dado para todo, desde los adherentes entusiastas hasta los críticos mordaces. Quizás si su irrupción en el ámbito de la investigación histórica sobre el cristianismo primitivo presente su flanco más débil, por el juicio de los historiadores profesionales, pero no se puede negar que el suyo ha sido un aporte desafiante y novedoso. En cualquier caso, si la ciencia está investigando la cristianización del imperio romano y construyendo modelos para explicar el “triunfo” del cristianismo en la antigüedad, cuánto más interesados debieran estar los mismos cristianos en estudiar y comprender los procesos históricos de la iglesia primitiva. El lejano recuerdo de un edicto publicado en Milán hace 1700 años por dos emperadores todavía encierra lecciones y secretos que los cristianos del tercer milenio haríamos bien en estudiar; salvo, claro, que creamos que la de Rodney Stark es la mejor explicación.

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